Más tarde, con el hospital sumido en sombras y el cansancio distorsionando los pensamientos, Maribel caminó por los pasillos.
Sus pasos eran pesados mientras miraba cada oscura habitación.
Una brisa fría, quizás traída por el aire acondicionado, le llevó un aroma metálico.
Tras apoyarse en una pared, suspiró, desconociendo el paso del tiempo.
Su cabeza se inclinó, una comodidad momentánea invadiendo su mente. No lo hizo.
Parpadeó en confusión.
Levantó la mirada, su visión volviendo a la realidad.
Frotó sus ojos, con el cuerpo tenso, desperezando.
Tras soltar un suspiro, se tiró ligeramente del cabello, relajándose.
Su voz sonó reprimida.
—?Otra vez... no te duermas!
Llenando sus pulmones, retomó la caminata, con los pu?os apretados, las pisadas fuertes.
—?Qué importancia tiene…? No tiene importancia…
Poco a poco su columna se encorvaba y los pies se arrastraban pesados.
El aire ingerido no facilitó la vigilia, las palabras alargadas.
—Incluso si no tuve tiempo de recordar... qué pasó luego, no cambiará en dónde estoy ahora… jeje…
Sonaban sus pasos y su voz, ambos cansados, sin el vigor anterior.
Lentamente, sus pies se detuvieron, su expresión confundida.
Un espasmo en sus ojos, un temblor en sus manos.
—Espera, no cierres los ojos. —se recordó.
Sin parpadear, inspiró aire por la nariz.
El frío le dificultaba percibir los aromas correctamente, pero sentía que algo estaba mal.
Presionando los dedos, contuvo sus nervios, su pecho se infló, esta vez más lento.
Fue como un trago amargo.
Un aroma fuerte llegó: el olor a metal y sangre.
Horror.
Actuando sin pensar, sus piernas corrieron antes de entender del todo lo que pasaba.
Tras abrir la puerta, el rojo la recibió con una visión espantosa.
Como tocar una fuente de electricidad, un escalofrío penetrante pasó por su columna.
Ojos al centro obstétrico, a la vida líquida, a la hemorragia.
La muerte le presentó su perfume y su corazón se apretó.
Volando por el aire, la sábana cayó en un lugar desconocido.
Manos palpando el abdomen, blando y sin contracción.
Sus labios temblaron.
—El globo de seguridad de Pinard... ?Qué carajos hacían...?
Las manos se movieron con vigor renovado, frotando en círculos.
Pronto escuchaba su propia respiración agitada, los brazos ardían mientras su mente volvía a relajarse.
Solo podía hacer lo mismo, acompa?ado de un rezo inconsciente.
Sin pensar, pero su mirada se desvió a los medicamentos.
—?Dónde está?
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Corrió, mas no encontró lo que buscaba.
Tras un vistazo a la cama, apretó los dientes y abrió cada cajón, revisando cada repositorio.
—?Ni siquiera una maldita oxitocina! ??Dónde pusieron las cosas?!
Tras un instante de búsqueda, sintió su corazón enfriarse.
Regresó corriendo a la cama, sus brazos volviendo al mismo trabajo repetido.
—No importa lo que me pasó hoy —dijo con la voz rota, suplicante—. Por favor… vive. ?Qué importa lo que me pasó hoy, si no vives?
Su corazón palpitante inundaba sus oídos, solo superado por el sensor que seguía el corazón de la puérpera.
La temperatura de la mujer bajó… y bajó más.
Pero el temor de Maribel no, quien seguían frotando, con los oídos pitándole.
Tarde se dio cuenta, la mujer ya no estaba más.
No era necesario exámenes, Maribel lo vio… ya no tenía una persona frente a ella.
Tras un momento de contemplación, desvió la mirada al sensor, su mente identificando que el pitido prolongado era el ruido de fondo.
Tomó aire, acompa?ado de un parpadeo intenso.
Solo pudo apagar la máquina.
El silencio fue absoluto.
—Finalmente… esa cosa se detuvo.
Se dirigió a la sala.
Mirando un cómodo sofá, no resistió más y fue a recostarse.
Su mirada era vacía, tensa y ambivalente. Pero ella estaba fría, serena. Hasta que escuchó algo en una habitación a lo lejos: un llanto agudo.
Se derrumbó.
Las lágrimas no salieron con fuerza, sino con agotamiento, como si incluso para eso ya no le quedara energía.
Miró las manecillas del reloj, sin saber cuánto tiempo pasó, pero recordándole una ley cruel e indiferente.
—Hoy fue como una mala broma de Dios —murmuró.
Si ahora le hubieran preguntado si era feliz, la respuesta habría sido clara: No.
Una risa torcida afloró en su rostro, seguido de un escalofrío.
La brisa helada le frotó el rostro. Con las mejillas húmedas, el aire era gélido y penetrante.
Del frío nació la oscuridad, de la oscuridad nació el dolor, del dolor nació un deseo... y del deseo nació el corazón.
Con los párpados pesados, casi sin energía, murmuró.
—Dios... todos sufren... ?pueden los felices también sonreír?
El mundo pareció detenerse, acompa?ado de un susurro en su mente dispersa.
?Un corazón Fo.?
Una emoción a?orada.
—Ahh… este sentimiento… es como en la ma?ana… desearía poder estar en un prado con un río silencioso… quiero cruzar ese río.
En la oscuridad del sue?o, ella no sintió nada más que náuseas y el mundo girar, pero no hubo quejas, como si tal concepto no existiese.
Tuvo una visión que no reconoció: una mujer con ojos amarillos y bordes verdes. Cabello negro y piel clara.
La ciudad parecía rondar los a?os sesenta.
Un terremoto, seguido de la inundación completa de distritos, el agua llenando partes de las ciudades altas.
Vio las nubes girar de forma antinatural y justo cuando se arremolinaban en el cielo, algo interrumpió su sue?o. Abrió los ojos, con el cuerpo sudando.
El miedo llegó tarde.
Un frío denso e irracional. Una sensación de ver la ciudad a oscuras, como si una fiera acechase en las sombras.
Quedó paralizada unos minutos, pero su racionalidad ganó. Lenta y temerosa se puso de pie:
?Todo está bien, es solo miedo por la pesadilla de ahora.?
Insistió en moverse, pero no se atrevió.
Tras un momento, tomó un suspiro más relajado, asimilando su nueva calma. El miedo dejándose ir.
Sus pasos avanzaron una vez más, abandonando la sala.
Comenzó a tramitar el certificado de defunción.
Su piel pálida recuperando una tez adecuada y el calor regresando a su piel. Naturalmente sintió la vejiga llena.
—Ahora tendré que llamar a la funeraria… —dijo mientras se dirigía a la puerta del ba?o.
Intentando calmar su miedo, dijo con diversión:
—Oh no, ahora tengo mucho trabajo por delante…
—Seguro piensas que tienes mucho trabajo, ?verdad?... ?pero qué hay de mí…?
Ella pegó un salto, desequilibrada, retrocedió unos pasos más cerca de la puerta.
La voz era de un hombre con ojos verdes.
Salió lentamente de su escondite, acercándose unos pocos pasos, con la mano extendida en un gesto de calma.
—Realmente esto no es personal… ?sabías? Se supone que estarías dormida… fue mi descuido. —él rio por lo bajo —Y para más inri, viniste justo a esta habitación… tu suerte no es buena hoy, ?verdad?
—…
Ella sintió sus pies moverse apenas, pero la tensión en sus músculos la detuvo.
—Para, no te muevas… si lo haces tendré que matarte —rascándose la nuca agregó —ahh... igual sabrán que esa mujer murió, así que ?por qué no hacemos un trato?
Tras el asentimiento de Maribel, él habló mientras caminaba despacio:
—El problema es que... si te mato, será más difícil esconder evidencias.
Sus ojos se movieron al laboratorio, donde estaba la cámara de cremación.
—Y si te dejara ir sin más… podrías contarle a alguien lo que viste…
Dijo el hombre mientras movía una de sus manos ocultas detrás de su cuerpo.
Maribel no pasó por alto los detalles.
Al observar sus hombros y la posición de sus pies entendió: la matarían igualmente. Así que no esperó y echó a correr.
??Lo mejor es salir del hospital!?, fue su primer pensamiento.
Empujó la puerta sin miramientos y atrás un fuerte ruido se escuchó, pero ella seguía corriendo.
Los pasos sonaban detrás de ella.
?Esto es imposible, ??qué, cuándo y cómo?! ?Imposible! ?Esto es imposible!?
Al girar el pasillo encontró al vigilante:
—?Ayuda! ?Me quiere matar!
La recibió, tomándola entre sus brazos.
El guardián la vio con sorpresa y luego volteó a ver al hombre detrás; entonces se cubrió el rostro con exasperación.
—Sabía que algo así pasaría… todo esto porque no pudiste envenenar bien a alguien…
A lo lejos, el hombre protestó entre jadeos.
—Fue casualidad, lo juro. ?Esa chica simplemente entró a la sala y luego abrió la puerta del ba?o!
El guardia rodó los ojos y apretó el agarre en Maribel.
??Qué...? esto es... una mierda.?
Esa noche, más que solo fuertes gritos se escucharon.
El poco personal presente, junto con los que aún dormían en zonas de descanso, no pudieron ignorar el ruido, e incluso los pacientes salieron de reposo.
No encontraron evento alguno, ni rastros de sangre, solo a un conserje de ojos verdes trapeando el piso con el rostro pálido.
Un enfermero se le acercó preguntando.
El conserje se encogió de hombros.
—Pensé que había un fantasma.
En las cámaras de seguridad, manos con guantes tocaban los monitores, eliminando los últimos segundos de grabación.

