Zein abrió los ojos lentamente.
El techo blanco tardó en tomar forma, como si su vista se negara a obedecerle del todo. Al intentar moverse, una pesadez le recorrió el cuerpo, obligándolo a quedarse quieto. No reconocía el lugar. Buscó recuerdos, imágenes, cualquier cosa… pero su mente estaba en blanco, como si alguien hubiera barrido los últimos acontecimientos sin dejar rastro. Las cortinas cerradas filtraban apenas la luz, ti?endo la habitación de un tono suave y apagado.
Fue entonces cuando lo notó.
Había alguien a su lado.
Zein giró apenas la cabeza y la vio. Naoko estaba recostada sobre la cama, demasiado cerca, con la cabeza apoyada en sus propias manos sobre el colchón. Su cuerpo, en cambio, descansaba en una silla colocada junto a la cama, en una postura incómoda que delataba que llevaba ahí mucho tiempo. Dormía profundamente, respirando con suavidad, ajena a todo.
Antes de poder procesarlo, una conversación cercana captó su atención.
—?Y entonces de qué tipo es mi magia, Alexander? —preguntó Kio desde algún punto fuera de su campo de visión—. Dijiste que mi magia de curación les haría más da?o.
—?En serio no sabes qué tipo de magia de curación usas? —respondió Alexander, incrédulo—. No puedo creerlo… y con lo poderosa que eres.
—?Me vas a criticar o me vas a decir?
—Ah… —Alexander suspiró—. Tu magia de curación es… ?cómo decirlo…? Sagrada.
—?Sagrada?
—Sí, digámoslo así. El otro tipo sería la humana, que básicamente fue creada basándose en la sagrada.
—Ah… ya.
Zein permaneció en silencio, escuchando, sin intervenir.
En ese momento, Naoko se movió.
Su cuerpo se agitó levemente, como si despertara de golpe de un sue?o profundo. Se incorporó despacio, con los ojos aún entrecerrados y la expresión adormilada. Algunos mechones rebeldes caían sobre su frente, y tenía marcadas en la mejilla las huellas de sus propios brazos, prueba de la posición en la que había dormido.
Se quedó mirándolo.
Al principio, parecía no entender lo que estaba viendo, como si su mente aún estuviera tratando de encajar las piezas. Sus ojos recorrieron el rostro de Zein con cautela, buscando alguna se?al.
Y entonces lo comprendió.
—?Ah!… e-este… ?desde cuándo estás despierto? —preguntó Naoko, sobresaltada.
—Desde hace ratito —respondió Zein con calma.
—B-bueno, yo estaba… es que te pasó algo y… y todos se quedaron… y yo no podía irme y… —empezó a decir, atropellando las palabras, las manos tensas sobre sus piernas mientras buscaba una explicación que no terminaba de salir.
—Gracias por quedarte —la interrumpió Zein, con una leve sonrisa.
Naoko se quedó en silencio. Bajó la mirada casi de inmediato, el rubor subiéndole al rostro como si la hubieran atrapado haciendo algo indebido.
—D-de nada… —murmuró.
En ese momento, alguien corrió las cortinas que rodeaban la cama.
La luz entró de golpe y una figura apareció frente a ellos. El doctor era un hombre de piel morena, con una barba de candado perfectamente cerrada y cabello negro cortado al ras. Vestía una bata blanca amplia que contrastaba con su complexión robusta y con la naturalidad con la que se movía por la habitación.
Al abrir por completo las cortinas, Zein pudo ver el resto de la sala. A un lado, en otra cama, estaba Kiomi. Un poco más allá, Lyra yacía con la mirada fija en el techo. El pecho de Zein se aflojó al verla; no sabía que estaba conteniendo el aliento hasta ese instante.
—?Qué nos pasó…? —preguntó Zein, sin terminar la frase.
—Chuy. Pueden llamarme Chuy, todos me llaman así. O simplemente doctor —dijo el hombre mientras acomodaba las cortinas y revisaba unos papeles.
—?Qué nos pasó, doctor? —preguntó Kiomi desde su cama, la voz más baja de lo habitual.
—Sufrieron los efectos comunes de la radiación —respondió Chuy, hojeando los documentos con rapidez—. Vienen de fuera, ?no? Deberían registrarse en la oficina de Padronamiento. Así es más fácil llevar un control de enfermedades… y de otras cosas, para tratarlos mejor.
—?Radiación? —repitió Zein, frunciendo el ce?o.
Chuy levantó la vista y dejó los papeles a un lado.
—Es algo que afecta gravemente al cuerpo humano… o a cuerpos similares —dijo, mientras sacaba un peque?o frasco con pastillas y, después, se?alaba un traje especial apoyado contra la pared—. Se puede contrarrestar de tres maneras: con medicación, con equipo que evite el contacto… o con magia. Aunque eso último requiere precisión.
Se acercó un poco más y comenzó a explicarles cómo manipular la magia de aire para cubrir el cuerpo, formando una capa invisible que bloqueaba la radiación. No bastaba con usar magia sin más; debía mantenerse en una “frecuencia” específica, estable y constante, o el efecto se perdía.
Zein cerró los ojos y lo intentó. Sintió el aire reaccionar, obedecerle, ajustarse como si siempre hubiera sabido qué hacer. Lo mismo ocurrió con Kiomi y, apenas unos segundos después, con Lyra cuando despertó lo suficiente para imitar el proceso.
Chuy se quedó mirándolos, sorprendido.
Todos parecían compartir la misma reacción… todos, excepto Kio.
Tras una revisión rápida y algunas indicaciones finales, Chuy se retiró del lugar, dejando la sala en un silencio extra?o, apenas roto por el murmullo lejano del exterior.
Alexander dio un paso al frente, colocándose donde todos pudieran verlo con claridad. Se quedó quieto un segundo, como si ordenara sus ideas, y luego se inclinó hacia adelante en una reverencia torpe, pero sincera.
—Perdónenme… —dijo—. Debí haberles explicado muchas cosas desde que llegaron. No les he dicho nada de nada.
Lyra reaccionó de inmediato. Se incorporó un poco en la cama y estiró las manos hacia él, casi obligándolo a levantar la cabeza.
—Tú no tienes la culpa de nada. No te disculpes —dijo con suavidad.
Alexander negó despacio.
—No. Sí la tengo. Asumí que ya sabían lo necesario sobre esta isla… y me equivoqué —levantó la mirada, más serio—. Por eso mismo voy a explicarles lo que deben saber.
Las miradas se cruzaron entre ellos. Zein permaneció en silencio, atento; Kiomi apretó ligeramente las sábanas; Lyra ladeó la cabeza, expectante. Alexander respiró hondo antes de continuar.
—Así como pasó en Ilmenor hace cuarenta a?os, cuando el Imperio del Sol Negro invadió… aquí ocurrió lo mismo. Solo que fue hace diez a?os, y este territorio era mucho más grande que Ilmenor. La guerra dejó a Mirathun devastada. No fue algo inmediato… fue un declive lento, hasta que cayó por completo.
El peso de sus palabras se asentó en la habitación. Nadie interrumpió.
—Pero ese no es el punto principal. Durante la guerra apareció un “héroe”. Alguien con algo que hoy se conoce como “poderes”. Son similares a la magia… casi idénticos. La diferencia es que nacen contigo. Estás ligado a ese poder desde el primer momento. Su origen está relacionado con el Fatum.
Alexander se giró y se acercó a uno de los estantes. Sacó un mapa enrollado y lo extendió con cuidado sobre una mesa cercana, alisándolo con la palma de la mano.
—Son casos extremadamente raros y aislados. No hay registros claros de cómo funciona cada poder, y cada individuo manifiesta algo distinto. No hay patrones. No hay reglas claras.
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Su dedo se detuvo en un punto específico del mapa, mar adentro, al noreste de la isla de Mirathun.
—A unos quinientos kilómetros de la costa ocurrió algo durante la guerra —continuó—. El “héroe” de este país se enfrentó a las fuerzas del Imperio del Sol Negro… y estaba perdiendo. Cuando se vio acorralado, sin salida…
Alexander levantó la mirada hacia ellos.
—Se explotó.
El silencio fue absoluto.
—?Cómo que se explotó? —preguntó Zein, sin poder ocultar la incredulidad en su voz.
—él podía controlar el núcleo atómico, o al menos así lo llamaron los investigadores —continuó Alexander—. Era algo completamente nuevo. Un poder jamás visto, jamás estudiado… y con un potencial destructivo imposible de medir.
Con la mano, trazó en el aire un círculo amplio, marcando la zona donde supuestamente había ocurrido la batalla.
—La explosión arrasó con todo. Enemigos, aliados… no hizo distinciones. Lo que quedó después fue eso que hoy llamamos radiación. Algo invisible, silencioso, que da?aba el cuerpo humano y a cualquier ser vivo. Al principio, nadie sabía cómo enfrentarla.
Su mirada se desvió un instante hacia el traje que Chuy había mostrado antes.
—La radiación golpeó a Mirathun mucho más fuerte que al Imperio del Sol Negro. Murió muchísima gente. Y sin contramedidas, la situación se volvió insostenible. Para cuando el Imperio encontró la forma de neutralizarla, la balanza ya estaba completamente inclinada. La derrota fue inevitable.
Alexander hizo aparecer un peque?o frasco de vidrio con magia. Flotó entre ellos, girando lentamente.
—Durante los primeros días de la invasión, los investigadores del Imperio descubrieron algo… fascinante —dijo—. La radiación podía ser contrarrestada con magia. Eso convirtió a los magos en un recurso invaluable.
Inyectó un hilo de magia dentro del frasco, y este brilló brevemente, revelando en su interior un cristal de belleza inquietante.
—Y luego descubrieron algo más —a?adió—. Que la radiación podía sintetizarse en maná. Una fuente tan abundante como una mina gigantesca.
El frasco dejó de brillar. Alexander lo sostuvo con más cuidado.
—Fue entonces cuando el gobierno empezó a enviar personas a la zona de la explosión. Los llamaron “liquidadores”. Su trabajo era entrar ahí… y recolectar la radiación para llevarla a sintetizar.
Bajó la mirada.
—Es la profesión más mortífera que existe —dijo en voz baja—. No importa qué tan fuerte seas, ni qué tan precisa sea tu magia. Tarde o temprano… la radiación siempre cobra algo.
El silencio se espesó en la habitación.
Naoko dio un peque?o paso al frente. Sus manos se aferraron al borde de su ropa, y su voz salió más baja de lo habitual, casi como si no quisiera romper ese silencio.
—Mi papá… —empezó, y tuvo que detenerse un segundo—. Formó parte de la primera generación de liquidadores.
No levantó la mirada.
—Siempre decía que todo estaría bien. Que solo era cuestión de ser cuidadoso… —sus dedos temblaron—. Se preparaba cada ma?ana como si fuera un día normal.
Tragó saliva.
—No logró terminar el a?o.
—Pagan una miseria como liquidadores solo para terminar muertos —dijo Alexander, con el ce?o fruncido—. Y aun así, también los usan para eliminar la radiación que se dirige a la isla. Han logrado reducir casi la mitad de lo que había hace una década… pero incluso ahora sigue siendo peligroso estar sin protección.
El frasco desapareció de su mano como si nunca hubiera estado ahí.
—Con el tiempo, personas de todo tipo empezaron a llegar —continuó—. Gente que huía de guerras, razas perseguidas, aquellos que no tenían un lugar al cual volver. Todos terminaron aquí. Por eso Mirathun acabó siendo llamada “el basurero del mundo”.
—Ya veo… —murmuró alguien, sin demasiada fuerza.
Ahí terminó la conversación. El silencio que quedó no era incómodo, sino pesado, como si cada uno estuviera cargando pensamientos que no sabía cómo decir en voz alta.
Pasaron la noche en la enfermería. Al día siguiente, cuando el sol ya estaba alto, regresaron a la casa de Alexander.
Cerca del mediodía, la puerta de la tienda de antigüedades se abrió con cuidado.
Era Naoko.
Iba arreglada, con ropa limpia y ordenada, aunque sus manos delataban los nervios al juguetear con la cuerda del bolso que llevaba colgado. Respiró hondo antes de hablar.
—Vaya, Naoko —dijo Mei desde el mostrador—. ?Qué te trae por aquí?
—E-este… bueno… como Zein es nuevo aquí… —titubeó—. Digo, como todos son nuevos… pensé que tal vez quisieran que les mostrara la ciudad.
Mei sonrió con suavidad.
—Déjame preguntarles.
Fue a buscar primero a Zein y a Lyra. Ambos aceptaron casi de inmediato. Luego, Mei miró a Zein un segundo más.
—?Podrías preguntarle tú a Kiomi? —le dijo—. Ha estado en su cuarto desde que llegaron.
Zein asintió.
Subió las escaleras y se detuvo frente a la puerta de Kiomi. Levantó la mano para tocar.
—Ki…
Se quedó quieto.
Zein afinó el oído.
Del otro lado de la puerta se escuchó un sonido apenas perceptible, tan débil que por un segundo pensó que lo había imaginado. Contuvo la respiración y escuchó mejor.
Era un llanto.
Ahogado, contenido, como si cada sollozo tuviera que pasar por un filtro antes de salir. Kiomi estaba llorando. No fuerte, no de forma abierta. Lloraba como alguien que no quiere ser escuchada, como si incluso eso le estuviera prohibido.
—Mamá… —murmuró una voz rota, quebrándose a mitad de la palabra.
La mano de Zein seguía en el aire, a escasos centímetros de la puerta. No la bajó. Tampoco tocó. Se quedó ahí unos segundos más, con el pecho apretado, sintiendo que cualquier ruido suyo rompería algo que ya estaba demasiado frágil.
Al final, dio un paso atrás.
Y se fue sin hacer ruido.
Cuando regresó al frente de la tienda, Naoko y Lyra ya lo estaban esperando. Lyra balanceaba las manos de Naoko con naturalidad, como si se conocieran de toda la vida.
—?Y Kiomi? —preguntó Lyra, inclinando un poco la cabeza.
Zein dudó apenas un segundo.
—Ella está… —tragó saliva—. Dijo que prefería ir otro día.
Naoko asintió sin insistir.
—Claro… entonces, ?nos vamos?
Lyra soltó una de sus manos y sonrió.
Naoko los llevó por la ciudad, o al menos por la parte de Mirathun que conocía mejor. Mientras caminaban, les explicó que la isla estaba dividida en provincias, y dentro de estas, en barrios muy distintos entre sí. Cada zona parecía tener su propio ritmo, su propio ruido, su propia manera de existir.
Con ellos, Naoko seguía siendo tímida. Hablaba bajito, cuidando cada palabra, mirando al suelo más de una vez. Pero cuando se acercaban a los puestos de los mercaderes, algo cambiaba. Saludaba, preguntaba, sonreía. Su voz sonaba más firme, más viva. Algunos comerciantes incluso parpadeaban sorprendidos antes de devolverle el saludo.
Lyra caminaba a su lado escuchándolo todo con atención, maravillándose con cada cosa nueva. Zein observaba en silencio, dejando que el ambiente lo envolviera poco a poco.
Pasaron por puestos de comida, por calles estrechas llenas de voces, por la playa donde el mar golpeaba con calma, y hasta cruzaron palabras con un par de soldados que parecían conocer bien a Naoko.
Sin darse cuenta, la luz empezó a te?irse de naranja.
Cuando el sol comenzaba a caer, Naoko los llevó hasta un campanario alto, lo suficiente como para ver la ciudad extendiéndose bajo ellos, con luces encendiéndose poco a poco como estrellas atrapadas en tierra firme.
—Este lugar es especial —dijo Naoko sentándose en el borde—. Lo encontré cuando era peque?a.
Zein se sentó a su lado, mirando el horizonte.
—Que hermosa —dijo sin pensarlo.
—??Eh?! —Naoko dio un peque?o brinco, girándose hacia él con el rostro encendido—. ??Q-qué cosa?!
Zein no apartó la vista del horizonte, como si nada hubiera pasado.
—La vista, por supuesto.
Hubo un segundo de silencio.
—Ah… sí. Claro —murmuró Naoko, desviando la mirada mientras se acomodaba el flequillo con torpeza, intentando que el calor en sus mejillas bajara.
El cansancio del día finalmente le pasó factura a Lyra. Sin decir nada, se acomodó contra Zein y, en cuestión de segundos, quedó profundamente dormida sobre su regazo, respirando con calma. Zein bajó un poco el brazo para que estuviera más cómoda sin siquiera pensarlo.
—Por cierto… he notado algo —dijo después de un momento, mirando de reojo a Naoko.
—?Q-qué cosa? —respondió ella sin mirarlo directamente.
—Eres bastante reservada, y eso está bien. Pero hoy… hoy te vi diferente. Más alegre, más suelta. Me sorprendió.
Naoko juntó las manos sobre sus piernas, entrelazando los dedos con nerviosismo.
—Supongo que es porque… Con la gente con la que hablamos hoy me conozco desde hace mucho tiempo. Aquí… nos cuidamos entre todos —sonrió con suavidad—. No sé cómo haya sido en Ilmenor, pero este lugar no sigue en pie por el gobierno, sino por las personas. Porque nadie deja caer a nadie.
Zein asintió lentamente.
—Antes pensaba que exageraban cuando llamaban a Ilmenor “peque?o” —dijo, mirando la ciudad extendiéndose hasta el horizonte—. Pero viendo todo esto… creo que ahora lo entiendo.
Naoko respiró hondo.
—Yo… —se removió un poco en su sitio—. Quisiera saber más de ti —dijo rápido—. ?N-no en un sentido raro ni nada! Solo… curiosidad.
Zein soltó una risa baja.
—Tranquila, entiendo.
Miró a Lyra un instante, asegurándose de que seguía dormida, y luego volvió la vista al cielo.
—Suena extra?o, pero hace dos a?os Lyra y yo caímos del cielo, literalmente.
—?No bromees… en serio? —preguntó Naoko abriendo un poco los ojos.
—En serio —asintió—. Ahí conocimos a Kio. Al principio era… bastante insoportable —sonrió—, pero con el tiempo nos dimos cuenta de cómo es en realidad. También conocimos a Zyteg, un dragón amigo suyo. Da miedo al verlo, pero es sorprendentemente amable.
Naoko no dijo nada. Solo lo escuchó, con atención genuina, como si cada palabra fuera algo valioso.
—Tiempo después llegamos a Ilmenor —continuó Zein—. Ahí… conocimos a mucha gente buena. Pasamos momentos tranquilos, normales. Fui a la escuela, tuve amigos en los que podía confiar…
Su voz seguía siendo estable, pero algo en su postura empezó a cerrarse. Los hombros, apenas un poco. La espalda, rígida.
—También conocí a Lucian… —sonrió apenas—. El primer día me dio una paliza, pero aun así terminó siendo mi maestro. Me ense?ó muchas cosas…
La sonrisa se quedó suspendida, como si no supiera qué hacer ahí.
Naoko lo miraba de reojo. No dijo nada, pero ya no veía al mismo Zein de antes.
—Y… y conocí a Meliora —a?adió—. La madre de Kiomi. Siempre sonreía… incluso cuando no tenía razones para hacerlo. Incluso hasta el final…
Ahí, la voz le falló.
No fue un quiebre brusco. Fue como si cada palabra pesara un poco más que la anterior.
—Y si yo no… si yo no hubiera… —tragó saliva—. Si tan solo…
El silencio cayó entre ellos.
Zein bajó la mirada. Naoko sintió el impulso de decir algo, cualquier cosa, pero no encontró palabras que no sonaran vacías.
Entonces lo vio.
Una lágrima rodó lentamente por el rostro de Zein, cayendo desde el borde de su ojo izquierdo.
—?E-estás bien? —preguntó Naoko acercándose un poco, con cuidado—. ?Pasa algo?
—No… —respondió rápido, limpiándose el rostro—. Debe ser que bostecé o algo así. Ya sabes, a veces salen lágrimas…
Pero no pararon.
Una más. Luego otra. Y otra.
Zein apretó los labios, giró el rostro hacia otro lado, intentando ocultarse mientras se limpiaba con la manga. Su respiración empezó a temblar, irregular.
—Oye… —Naoko dio un paso más.
—Perdón… —la interrumpió él, con la voz baja, rota—. ?Podrías… podrías dejarme solo un rato? ?Y llevarte a Lyra, por favor?
Era apenas un susurro. Uno que parecía sostenerse con lo último que le quedaba.
Naoko no respondió. Con sumo cuidado, tomó a Lyra en brazos para no despertarla y comenzó a bajar las escaleras.
A mitad del camino, los escuchó.
Sollozos ahogados. Contenidos. Como si Zein estuviera peleando incluso contra eso.
Naoko se detuvo en un punto donde él no pudiera verla. No volvió la cabeza.
Arriba, Zein se quedó solo.
Y cuando la noche terminó de caer sobre Mirathun, él seguía ahí, dejando salir todo lo que había guardado durante días.

