Día 94
Gazazo, más relajado y liviano de lo que había estado en a?os, observó el templo donde su Cabo reposaba. Cada superficie estaba ba?ada por las llamas naranjas que ahora también lo rodeaban a él. Podía sentir una leve brisa de oto?o en su rostro y sonrió al ver cómo las llamas.
Se retiró la máscara del rostro, preguntándose cuándo fue la última vez que salió sin ella puesta. La sujetó con firmeza, dirigiendo un pensamiento hacia su socio, el espíritu que lo había ayudado en tantas batallas desde que lo obtuvo tras matar a aquella arpía. Ese combate había sido un recordatorio cruel: él solo era un escudo, un guerrero con algunos trucos. Un nudo de angustia se le apretó en el pecho al recordar a Togaz, a lomos de un caballo, lanzándose a la batalla como su arma resonaba y como bestias se unían a la batalla
Gazazo se golpeó la cara con tanta fuerza que sintió cómo un moretón comenzaba a formarse al instante. Contenía con dificultad el impulso de darse una verdadera paliza. Caminó hacia la salida del templo, luchando por no caer en el impulso pero el pensamiento lo atormentaba: darle un arma a Togaz, el retroceso seguro la había lastimado. No pudo aguantar más y estampó su frente contra el tronco rugoso de un árbol cercano. ?Cómo había podido ser tan ignorante? Sus pu?os se cerraron hasta que los nudillos palidecieron.
—Entonces estás reflexionando. No pensé que fuera posible —una voz serena cortó su tormento interno.
Gazazo se volvió. Namys estaba sentada en un banco de piedra. Su pelo negro, tan profundo que parecía absorber toda la luz cercana, creaba un halo oscuro a su alrededor. El resplandor naranja del templo la delineaba como a un conejo negro sobre un fondo blanco, una silueta perfecta e imponente.
—Si deseas seguir a mi hija en el futuro, debes aprender los modales —dijo ella, y mientras miraban al patito.
La mirada de Gazazo se avivó, y por primera vez realmente vio el patio. Infundido con el poder de su cabo, los árboles crecían con una vitalidad exuberante, sus ramas formaban nidos abarrotados. Perros jugueteaban con gatos, y zorros correteaban confiados entre los setos. ?Cómo no se había dado cuenta de todo esto? El ambiente era ruidoso con trinos y ladridos, las aves no se escondían.
—Concéntrate, Gazazo —la voz de Namys lo sacó una vez más de su espiral de dudas, aunque los pensamientos inquietos persistían en el fondo de su mente. Se mordió el labio inferior con fuerza, clavando la mirada en la elfa, quien ahora arrojaba migas a un grupo de patos. El silencio que ella imponía solo hacía que Gazazo notara más detalles, y su desesperación creció. ?Cómo era tan ciego? La frustración hervía en su interior, y luchó por no dejar que nada de ello se reflejara en su rostro inexpresivo.
—Gazazo... Tienes una misión, te sugiero reunirte con Leonidas —Namys se levantó y se acercó con pasos sencillos. Gazazo observó sus rasgos suaves, las líneas delicadas como vetas de madera que adornaban su piel—. él te ayudará en tus... Asuntos.
Con esas palabras, Gazazo solo asintió. Con una determinación renovada, se retiró, centrando su mirada en el cielo. Por alguna razón, esta noche estaba plagada de estrellas. ?Por qué ahora todo tenía tantos detalles? La confusión era una niebla en sus pensamientos.
—, Gazazo —giró sobre sus talones. Namys estaba en el umbral del templo, con un atuendo sencillo pero de una elegancia impecable—. Te aconsejo usar tu máscara. Ayuda a imponer respeto.
Sin esperar respuesta, entró y cerró la puerta. Gazazo se colocó la máscara, y al instante su socio le gritó en el oído con un chillido estridente.
—?Sabes? Me gustabas más cuando eras una peque?a voz en mi cabeza —masculló Gazazo con el ce?o fruncido. Logró salir del fuerte mientras el águila seguía protestando. Sacudió la cabeza y se detuvo en seco—. Mira, socio, eso nunca pasará. Ella es la madre, pero adoptiva, y yo el padre... Sí, lo sé, Togaz no se parece a mí, pero me dijeron que se parece a la madre.
Por un momento, Gazazo disfrutó del silencio. Por fin, su socio se había callado. Ahora podía observar con más detalle el pueblo. Notó cómo el suelo de la avenida principal, ya aplanado, estaba recubierto con ese material extra?o que Namys había traído del imperio; se sentía como la roca, pero diferente. Sin embargo, su mirada se dirigió a las casas, porque ya no podía llamarlas chozas.
Varias ventanas se abrían y cerraban. Sus ojos captaron cómo humanos de todas las edades lo observaban desde detrás de los cristales, con miedo. Gazazo bufó, un sonido grave que hizo que algunos cerraran las contraventanas de golpe. Eso le divirtió. Humanos escondidos en sus casas de dos pisos, temblorosos... Tal vez deba visitarlos. Si tenían miedo, sería por una razón. Una risa corta y seca escapó de su boca.
Se detuvo frente a una fuente. La duda le recorrió el cuerpo. ?De dónde había salido? No recordaba una fuente ahí. Al regresar sobre sus pasos, se dio cuenta de que se había desviado del camino. Un suspiro de alivio salió de sus labios, pero luego volvió a concentrarse. Tenía un trabajo que hacer.
Pero no importaba cuánto se esforzara, la duda se le colaba: ?cuándo se había construido esa fuente? Y, sobre todo, ?por qué se había reído al pensar en revisar a los humanos?
Gazazo siguió su camino, recordándose su misión: debía reunirse con el culto de la Manada Ardiente para cazar a Rick. Ese idiota no supo mantener un bajo perfil. Tenía que provocar problemas. Pero, contra su voluntad, un recuerdo emergió: ese mismo hombre ayudándole a infiltrarse, abriéndole puertas para completar las misiones de su padre. Sabía que lo más probable era que tuviera que matarlo. Una sensación de malestar en su estómago le susurraba verdades que no quería ni necesitaba oír.
Gazazo se recordó a sí mismo que Rick era un hombre adulto que conocía las consecuencias de sus actos. Aunque, al rascarse el mentón con gesto pensativo, consideró que calificarlo de ?consciente? no sería del todo exacto. Soltó un suspiro cargado. Al final del sendero, su casa se alzaba ante él. Una oleada de sencillo orgullo lo invadió al observarla: una construcción de una sola planta, bien planteada, con suelo de madera, chimenea, ventanas amplias e incluso puertas de emergencia. Todo estaba equipado para vivir, un refugio que nunca había imaginado tener.
Al acercarse, distinguió a la elfa sirvienta saliendo de una peque?a caba?a contigua. Al igual que Namys, su cabello negro parecía absorber la luz, pero carecía de aquella postura regia e imponente. Sus rasgos, aunque delicados, eran más toscos: nariz más ancha, mentón más afilado. Cuando ella se aproximó, Gazazo notó que su uniforme de sirvienta estaba cubierto de polvo y manchas de grasa, como si se hubiera revolcado en un taller. El acre olor a aceite de motor la envolvía.
—Amo, discúlpeme por mi estado —dijo con una reverencia apresurada—. La se?ora Namys ya me ha informado. He preparado todo para la misión: provisiones, un transporte terrestre, equipo médico y algunos explosivos.
Gazazo se limitó a asentir, clavando la mirada en su rostro. Sonreía, pero la tensión asomaba en el leve temblor de sus labios. Desvió la vista hacia un costado, donde todas sus armas y armaduras, meticulosamente pulidas, estaban exhibidas en un maniquí junto a la entrada.
Miró confundido a la sirvienta, que continuaba explicando los detalles de la misión y cómo había limpiado la casa a fondo. Hace un buen trabajo, admitió para sus adentros, pero es una espía. Alguien que traicionará en cuanto reciba la orden. Sin pronunciar palabra, se colocó la armadura, ajustó la espada en la cintura y se dirigió al vehículo, sintiendo los pasos de la sirvienta justo detrás de él.
—Aquí está, amo. Este es el último modelo, el Ralona Jeep CJ-3B. Una belleza, ?verdad? —anunció ella, se?alando con orgullo el vehículo.
La máquina descansaba sobre la tierra compactada. Con una punzada de vergüenza, Gazazo admitió para sus adentros que no sabía nada de vehículos; su hermano menor era quien había llevado siempre esa responsabilidad. Al acercarse, notó que la parte trasera estaba cargada hasta el tope con equipo y provisiones, todo perfectamente asegurado. Asintió de nuevo, reconociendo que, la sirvienta era eficiente.
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—Se?or, fíjese en su forma —prosiguió ella, caminando alrededor del Jeep—. Cuadrada, sin un ángulo de más. Lleva dos faros en el guardabarros, como ojos vigilantes. La lona de la capota es gruesa; lo protegerá del sol y de la lluvia, pero no del frío ni del ruido. Las puertas son opcionales, casi un formalismo.
Le mostró el claxon, el interruptor de los faros. Gazazo se sorprendió; los elfos siempre mostraban artefactos que a su hermano menor le habrían encantado desarmar y volver a montar. Una sonrisa triste se dibujó bajo su máscara. Estaba seguro de que su hermano andaría metido en algún taller o robando algún automóvil; ese chico nunca supo lo que era pagar por algo.
—Suba —indicó la sirvienta—. Notará que los asientos son planos, hechos para la resistencia, no para el confort. El volante está firme, directo. Esa palanca de cambios se acciona con decisión, o no se moverá. Cuando arranque el motor, no cantará… gru?irá. No le pida velocidad en el asfalto; pídale, en cambio, que atraviese un barranco o suba una cuesta pedregosa. Lo hará. Sin quejarse, pero también sin delicadeza.
Gazazo la siguió y se acomodó en el asiento del pasajero. Disminuyó instintivamente su peso un 30%, esperando que el vehículo se hundiera o se balanceara, pero el Jeep apenas se inmutó. Frunció el ce?o. Los asientos son cómodos, pensó, confundido por la advertencia anterior.
—Es una herramienta, se?or —concluyó la elfa, captando su desconcierto—. Una llave inglesa con ruedas. Puede alcanzar los ochenta kilómetros por hora, pero le sugiero mantenerlo en sesenta, espero poder seguirlo en la misión.
La sirvienta terminó su presentación con el aliento algo entrecortado. Gazazo, bajo la máscara, estaba estupefacto. Mantuvo una postura firme, agradeciendo que la máscara ocultara su perplejidad. Se limitó a asentir con un gesto seco. La elfa le agradeció con efusividad exagerada y se retiró rápidamente a cambiarse de ropa.
Solo en el Jeep, Gazazo esperó. Sus manos, casi por inercia, comenzaron a revisar la escopeta que llevaba consigo, comprobando el cerrojo y la carga mientras sus ojos, sin ver realmente, escudri?aban el camino polvoriento que tenían por delante. La misión comenzaba, y con ella, la sombra incómoda de un viejo amigo que probablemente tendría que convertirse en un cadáver.
El traqueteo constante del Jeep sobre el terreno irregular era un martilleo persistente en los oídos de Gazazo. Podía percibir cada mirada lateral que la sirvienta le dirigía y siempre disimulada al instante.
—?Alguna instrucción específica al llegar, amo? —preguntó ella con un tono agudo, ajustando la velocidad mientras sus ojos, alertas como los de un halcón, escaneaban las colinas y esquivaban obstáculos con destreza.
—Mantente atenta a las amenazas, busca información y prepárate para salir rompiendo cualquier cerco. ?Qué sabes de este culto? —respondió Gazazo, iniciando al mismo tiempo un ritual metódico. A pesar del vaivén del vehículo, revisó su escopeta.
?Por qué Namys lo envía a tratar con un culto? Escoria en toda regla. Recordó el coliseo, la ni?a incitando a la multitud, cómo los había intimidado, amenazado. Y ahora iba a pedirles ayuda. La ironía era amarga.
—Según la información de la ama, son un culto a Hybris, la Quimera del Granero. Cuentan con 345 miembros, de los cuales 300 están listos para la batalla —informó la sirvienta, su voz clara mientras reducía la velocidad ante un tramo particularmente pedregoso. Gazazo recordó al hombre sin camisa del coliseo. Tal vez sea el líder. —Mantienen negocios con Lord Narel. Son la principal fuente de carne para el pueblo.
Gazazo revisó su escopeta una última vez antes de pasar a inspeccionar la hoja de su espada. Por el rabillo del ojo, observó cómo el sol ba?aba el mundo con su luz dorada, un recordatorio divino de que, sin importar la oscuridad, el astro siempre ascendería.
El ataque fue repentino. Un oso gigante, con un hombre erguido sobre su lomo, embistió el Jeep. Gazazo saltó con la sirvienta instantes antes del impacto.
—?Es una emboscada! —gru?ó, empujándola a cubierto tras un roble caído mientras bandidos surgían de entre los troncos.
No hubo parloteo. Gazazo desenvainó y liberó un Corte Quebrado tangencial, seguido de una nube de polvo cegadora. Se movió como un relámpago entre las barricadas, silenciando a dos bandidos antes de que gritaran. Pero los demás se reagruparon con disciplina inquietante.
Entonces llegó el fuego. Bolas llameantes incendiaron el bosque con rapidez antinatural. Entre el humo y el caos, Gazazo creó un túnel de aire puro y se lanzó a través de las llamas, despachando a los que creían estar a salvo. Al emerger, encontró al líder, el hombre vestido de pieles de oso, llorando sobre el cadáver de su bestia.
—?Asesino! —rugió el hombre, su aliento convertido en vapor de ira.
Gazazo lo mató con una cuchilla de viento antes de que terminara la palabra. Los tres bandidos restantes se rindieron alzando las manos. Gazazo no aceptó rendiciones. Liberó al espíritu del águila de su encierro mental y, con un chillido potenciado por un cono de aire, los derribó.
La elfa se le acercó entonces, portando varias cuerdas resistentes. Sin intercambiar palabras, Gazazo las tomó y procedió a atar los extremos al Jeep volcado con nudos expertos y brutales. Luego, con un gesto concentrado, creó varias bolsas de aire comprimido bajo el chasis del vehículo. Con un gru?ido de esfuerzo controlado, el Jeep se enderezó y quedó firme sobre sus cuatro ruedas.
La sirvienta pasó las siguientes horas revisando meticulosamente la máquina, mientras Gazazo se ocupaba de los prisioneros. Su interrogatorio fue breve y frustrante. Los bandidos sobrevivientes eran inútiles.
Al regresar al vehículo, la elfa le informó con voz profesional
— Funcional, amo. Pero ya no tenemos repuestos. Cualquier nuevo da?o podría ser irreparable— . Gazazo solo asintió. Era suficiente.
Con todo listo, reanudaron su viaje. El paisaje se deslizaba tras las ventanas: árboles caídos como gigantes abatidos junto a otros que aún se alzaban, testigos mutilados de la Gran Tormenta. Cruzaron ríos cuyas aguas turbias arrastraban cadáveres hinchados, devorados por criaturas de fauces afiladas y movimientos espasmódicos. El olor a muerte y descomposición se filtraba incluso dentro del Jeep.
Por fin, el objetivo estuvo a la vista: grandes murallas de piedra con torres de vigilancia. Gazazo distinguió a los guardias desde la distancia.
Lo pensó detenidamente. Necesitaba dejar las cosas claras desde el principio. Cuando el Jeep se detuvo frente al portón de entrada de troncos reforzados, Gazazo salió del vehículo sin una palabra. Con un movimiento fluido, impulsó sus piernas y, con el apoyo de una plataforma de aire, saltó limpiamente hasta lo alto del muro.
Su mano se cerró como una tenaza alrededor del cuello del primer centinela. Al notar que era humano, una pregunta fugaz cruzó su mente: ?Por qué todos los cultistas que he visto son humanos? Sin soltar su presa, saltó de regreso al suelo, aterrizando con una sacudida sorda. Con un golpe preciso, rompió el mecanismo de cierre de la puerta. Esta se abrió de golpe con un crujido de madera quebrándose.
A su alrededor, decenas de cultistas se habían congregado. Sus rostros mostraban una mezcla de indignación, incredulidad y miedo. Pu?os apretados, mandíbulas tensas.
Ante aquel mar de hostilidad silenciosa, Gazazo supo, con una certeza fría, que había iniciado la "cooperación" exactamente como era debido.
El vehículo avanzó y la elfa tocó el claxon, un sonido que crispó los nervios de Gazazo. Cuanto más tiempo pasaba, más sospechaba que le habían asignado a la oveja negra de los elfos. O tal vez era una espía. Todo a su alrededor era una aldea bien organizada, sin desechos a la vista. Los cultistas no parecían unos muertos de hambre. Gazazo se recostó en el capó del Jeep, esperando.
No tuvo que esperar mucho. Un hombre desgarbado, con una melena puntiaguda que le caía hasta la espalda, se acercó. Pero lo que le produjo un escalofrío fue que Gazazo conocía esa cara. Mejor dicho, reconocía esos detalles: las finas líneas de hilo en las mejillas y la garganta, sutiles pero inconfundibles.
—?Gazazo, Gazazo, mi gran amigo! Escuché que estás con una elfa. Sabía que eras feroz —el maldito Rick Warren había tomado la identidad de un líder cultista, y por lo visto era muy reciente, porque aún tenía esas marcas de sutura imperfecta.
Gazazo mantuvo silencio mientras Rick lo guiaba hacia su casa. No se le escapó cómo los cultistas estaban confundidos; algunos murmuraban que el jefe había cambiado. Las cosas no cambian. Rick no sabe actuar. Pero lo bueno era que podía sacar recursos de este culto antes de que Rick escapara, como en los viejos tiempos. Eso le arrancó una sonrisa breve bajo la máscara.
Ya en privado, Gazazo notó que la habitación era muy espartana, con apenas muebles. Considerando la situación del culto y los gustos de su amigo cambiacaras, Rick había tomado la cara del líder cultista hacía unas dos semanas, máximo. O quizá solo cuatro días. Y si tenía suerte, el intento de asesinato había sido cosa del anterior líder y Rick solo había tomado el mando después.
—Gazazo, por fin viniste. Esa maldita elfa está justo donde la quiero— No, no, no, por favor, no me digas — Otros lores me apoyan. ?La oportunidad está aquí! —Rick hablaba solo, gesticulando de forma errática—. Me están usando, lo sé. Soy un genio. Son muy estúpidos… Un territorio. Seré el jefe, y solo debo seguir un plan. Pero contigo, podemos hacerlo juntos y mostrarles a esos nobles de mierda quién manda.
—Tengo una hija —Gazazo no supo por qué dijo eso en voz alta, pero las ideas de Rick, aunque muy estúpidas, podrían sacarle mucho provecho antes de que, como siempre, tuviera que rescatarlo.
Rick saltó de emoción. Ver a un hombre desgarbado con una cara seria expresando tal júbilo resultaba tan estúpido y tan divertido que Gazazo pensó que no debería estar permitido.
—?Soy tío! ?Soy tío! Ok, ok, ?fiesta! — la alegría de su amigo era contagiosa, en su propio y caótico modo. Gazazo solo debía, como siempre, planear la situación y aprovechar el desorden.
Y así, Gazazo terminó comiendo en una fiesta llena de excesos y orgías, donde, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, había hombres con hombres y mujeres con mujeres. Cultistas asquerosos, pensó, con un desprecio visceral. Antinaturales.
Fin

