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Dremoria (Parte 3)

  Tomándoles un tiempo, Ithil y compa?ía limpiaron la zona, removiendo pedruscos y troncos entre los cuatro. Al final, un área amplia, como de unos 5 metros cuadrados, quedó despejada para desplegar el rollo sin interrupciones. Afortunadamente, encontraron la superficie de un enorme pedrusco, ligeramente curvado, pero muy útil para la tarea que se venía.

  Ithil desplegó su bolsa a un lado, dejando ver varias herramientas curiosas, no solo de magicer.

  —?Wow! Hay un montón de basura en tu bolsa, Ithil —dijo Dein, admirando utensilios y otras chucherías como brochas y palillos con la punta quemada.

  —?No, Dein! No es basura, son los tesoros de un hombre solitario, ?no es verdad, Ithil? —Zein gui?ó una vez más a Ithil, sacando la punta de la lengua y poniendo su dedo en su mejilla en un gesto travieso, tratando de tomar venganza de la afrenta anterior.

  —?En serio, Zein? Rein, pásame la caja negra de tu izquierda —Ithil refunfu?ó por el gesto de Zein, extendiendo su mano abierta al otro trillizo. Rein, tímidamente, volteó y dijo:

  —?Me pasas la caja, Ze…? —dijo en voz algo temerosa, pero Zein no lo dejó terminar; solo volteó y se fue en dirección opuesta. Rein no tuvo opción más que ir él mismo por la caja.

  Examinando la caja, descubrió dentro un frasco con un pesado polvillo rojo. Al levantarlo, Rein luchó un poco para no tirar la caja y sus contenidos, que, aunque peque?a, pesaba al menos medio kilo. En el interior de la caja se encontraba reposando una ámpula y, acompa?ándola, un trío de varillas de vidrio manchadas de un rojizo tornasol. Cada varilla tenía un plumero de lana de fibrillas cristalinas, como si fueran pinceles. Rein miró con intriga los contenidos.

  —Polvo de sol —dijo Ithil.

  —?Eh? —Rein volteó confundido a ver a Ithil mientras le daba la caja.

  —Así se llama esto —Ithil agitó la ámpula y tomó una de las varillas de vidrio. Apretando con sus dos manos, procedió a romper la punta fundida que sellaba la parte superior de la ámpula. Poco a poco, una neblina purpúrea emanó continuamente. Rein miró perplejo, giró para localizar a sus hermanos con la mirada, pero ellos miraban a las Quelontas con detenimiento. Regresando la vista a Ithil, vio cómo usaba la varilla cristalina para delinear aquellos trazos. Una vez delineada, inclinó un poco la ámpula; la neblina emanada del ámpula cubrió el Leur.

  —El polvo de sol se adhiere por encima de la tinta de luna, se cree que es por el alto contenido de Maná. Con esto, los rollos se pueden activar por si alguna catástrofe llegara a suceder y los efectos adversos no te consuman —Ithil le ense?aba en voz baja cómo el rollo de Leur reaccionaba con el polvo de sol. Lentamente, el Leur pasó de un trazo suave y sepia a un negro vibrante y delineado, como si estuviera a punto de saltar fuera del rollo. Rein jamás había visto algo parecido; sentía como si la misma luna se vertiera desde el cielo al rollo. Poco a poco, el negro se ti?ó a un rojo vivo y pulsante.

  —?Ithil, rápido, veo algo del lado de las ramas! —dijo Zein en voz alta y alterada. Ithil se detuvo en seco y arrojó la ámpula vacía a un lado. Agudizando la vista, pudo discernir entre la maleza siluetas negruscas.

  —?Son Monos de Pantano, escóndanse y retiren las herramientas de la vista, rápido! —Ithil dijo suavemente, gesticulando con la mano hacia abajo. El miedo comenzó a regresar a Ithil, pero se mantuvo firme ante los chicos.

  Aquellas criaturas humanoides corrían por entre la maleza, moviéndose habilidosamente evitando ser vistos. Eran bajos y demostraban una agilidad atemorizante. Troncos y ramas se meneaban a los lados como si se apartaran de su camino; su posición encorvada poco ayudaba para identificarlos. Solo se escuchaba el andar descalzo de sus pasos, con un sonido gutural aquí y allá. Sus sonidos y vocalizaciones aparentemente salvajes encubrían una inteligencia depredadora eficaz. Sus movimientos, a los ojos de los jóvenes, parecían de bestias corriendo por el lugar, mas para Ithil, que poseía más experiencia, claramente estaban sus movimientos en una rústica formación de búsqueda y caza.

  —?Son muchos, al menos unos 40! Permanezcan abajo, no se dejen ver, los atacarán si pueden —Ithil les dijo a los chicos, presionando con su mano a Rein y Dein, que trataban de robar una mirada por arriba del tronco.

  —?Pero! ?Están cazando Quelontas? ?Vamos a dejarlos destruir los nidos? —Zein dijo nerviosa, tratando de ir a los manglares. Ithil la tomó del brazo.

  —?No podemos interferir, ellos también deben cazar, tienen que alimentar a sus crías! —dijo firme Ithil, a lo que los jóvenes voltearon a verlo sin saber qué decir; ellos sabían que tenía razón.

  —?Demonios! Son al menos 100 monos los de alrededor, lo que significa que al menos hay unos 150 más del otro lado de la formación. No parecían ser tantos hace un momento. Con mi nivel solo pondría en peligro a los chicos, ?no tengo la fuerza necesaria! —Los pensamientos de Ithil iban y venían a velocidad increíble mientras trataba de idear un curso de acción correcto. Decenas de planes y sus posibles desenlaces se desarrollaban en la mente de Ithil.

  —?No podemos dejar que se las coman, Ithil, por favor, ayudémoslas! —Dein gemía nervioso y asustado.

  —?Ithil, ?qué hacemos?! —Rein le dijo, igual de asustado.

  —?Por favor, ayudemos aunque sea a algunas, las que están más cerca! —Zein alegó con tristeza. Los tres chicos casi estaban llorando cuando Ithil escuchó un golpeteo provenir del bosque, como una gota en la oscuridad, cada una más pesada que la otra, cada una más terrible y oscura, y cada una más familiar, hasta que Ithil solo podía ver la negrura, y esta lo veía a él, cayendo en la oscuridad, el mundo desapareció.

  —Los ojos de Ithil están vacíos, ?como en el salón! —Zein agitaba su mano frente a Ithil mientras su voz se rompía por el temor. Miró a sus hermanos; Rein, asustado, inmediatamente pensó en sus hermanos y tomó una la cuchilla militar del cinturón de Ithil, que yacía inmóvil frente a ellos.

  —No se separen y no hagan ruido —Dein gimió en voz baja; ninguno de sus hermanos le prestó atención. Zein agitaba a Ithil y Rein miraba con furia a los monos sin prestar atención.

  —?Rein, Dein, Zein, ?dónde están?! ?Jacob, Mina? No los veo, no se vayan —Ithil dijo en voz baja, buscando en vano entre la oscuridad, pero al verse totalmente solo su temor se disparó al cielo.

  —?Jacob, Mina, ?dónde está el carro?! Debo volver al carro, ?MINA, JACOB! —Las manos de Ithil buscaban aquel carro metálico perdido en la profundidad de la mina de sus memorias de aquel día.

  Y de entre la oscuridad, Ithil vio un brillo ligero y débil titilando frente a él. Como si estuviera sumergido en la profundidad de un lago oscuro, escuchó los gritos de los jovencitos:

  —?Rein, no! —Dein y Zein llamaban a gritos a su hermano.

  Ithil veía a través de un cristal y rodeado de la oscuridad cómo Rein corría con su cuchilla militar en mano hacia una Quelonta herida que yacía de lado. Esta era doblegada por montones monstruosos de pelo, monos de pantano, que con herramientas crudas pudieron tirarla de la seguridad de los árboles. Enmarcada por el temor y la oscuridad, la escena se desenvolvía lenta, como un ir y venir de olas de mar. Impotente y sin poder regresar, su estómago se retorció del coraje y frustración. Recordando la voz de los chicos y sus pláticas a lo largo del día, como golpes de luz en su cara, cada uno de ellos le recordaba un poco de él, que, aunque fuera poco, pudo aferrarse a esos momentos y al fin evocar suficiente fuerza para hablar.

  —?Dein, ve a mi bolsa, ahí tengo una Klauvra, usa todas tus fuerzas, chico! —Dein miró a Ithil, que aún no recuperaba el brillo de sus ojos. Tembloroso e inseguro, se movilizó a donde le indicó.

  —?S… Sí! —Dein tomó tembloroso una funda de cuero; en esta reposaba una varita de Mageia ya algo gastada. Con manos temblorosas pero con determinación, tomó la Klauvra y volteó a ver a Ithil esperando instrucciones.

  —?Grita después de mí! ?Stella Secare! —Ithil instruyó al chico. Sus ojos nublados y carentes de brillo eran intimidantes, pero Dein confiaba plenamente en Ithil.

  —?S… Stella Secare! —Dein gritó con voz temerosa pero decidida. Una esfera luminosa revoloteó en la punta de la Klauvra. Dein apenas podía mantener firme la Klauvra; la esfera, impaciente como si aguardase el comando de Dein, apenas tuvo fuerza, salió de golpe, arrojando sus manos a un lado. Esta golpeó violentamente a uno de los monos que se encontraba sobre la Quelonta, retorciéndose hacia atrás, herida gravemente.

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  —?Le di?... ?Le di! —dijo Dein, que siguió lanzando esferas luminosas a los demás monos que huían tratando de evitar los proyectiles.

  —Zein, en la parte lateral de mi mochila hay un revólver, ?tómalo! —Ithil se recuperaba con dificultad mientras él mismo desenfundaba su propia Klauvra.

  —?Qué? ?Jamás he usado estas cosas, voy a lastimar a Rein! —Zein se negó a tomar el revólver; el brillo opaco en el arma la asustaba tanto como las criaturas que atacaban a la Quelonta.

  —?De qué hablas? ?No te he visto fallar una sola vez en todo el día? —Ithil le dijo, apuntando con su mano las ramas del piso.

  —?Ramas y piedras no son lo mismo a un arma, puedo herir a alguien! —Zein replicó, aún más asustada; la idea de usar un arma la aterrorizaba demasiado.

  —?No, no lo son, pero ahora es totalmente necesario que no falles! —Ithil miró a Rein, este remataba a un mono herido por las esferas de Dein.

  —?Ayuda, Zein! Estoy muy mareado —Pálido, Dein se dirigió a su hermana, que con mirada de confusión volteó a ver a Ithil.

  —?Q… qué le pasa a Dein? —Zein le preguntó a punto de lágrimas a Ithil sobre su hermano, que se veía cada vez más pálido y con labios azules.

  —Con cada Zodiaco y ritual, los Mageia generan maná; esta es tóxica, no podemos usar el poder de los Zodiacos ni las lunas continuamente sin ser envenenados por este —Ithil tomó su Lumaria y la puso junto a Dein. Accionando la palanquilla, el manaquisto peque?o que estaba dentro se hinchó como si fuera un pan dentro de un horno; peque?os brillos se desprendían de Dein y eran absorbidos por el Manaquisto.

  Zein miró detenidamente el brillo opaco del revólver. Su hermano Rein continuaba luchando, armado con la cuchilla, terminaba a los monos debilitados por los golpes de Dein, cuando, súbitamente, un Mono de Pantano ileso se acercaba corriendo detrás de él y agitando un rudimentario martillo de piedra. Zein, asustada, tomó el revólver y apretó el gatillo. Un enorme estruendo resonó en el manglar, lo que le hizo cerrar los ojos por un momento fugaz, en el cual el mono desapareció de donde se encontraba. Zein temblorosa miró a Ithil con lágrimas en los ojos sin bajar el revólver.

  —?Ves, no fallaste! ?Ahora, protejamos a tus hermanos! —Ithil le puso un cargador más a un lado que, con vista borrosa, poco a poco se recuperaba.

  —?Rein, regresa en este instante, todos los monos del pantano vienen para acá, reagrúpate con nosotros! —Rein miró triunfante cómo las Quelontas huían exitosamente de los monos al bosque profundo. Algunas quedaron atrás, derrotadas, pero la gran mayoría escapaba; esto para él fue una victoria.

  Rein corría a reunirse con los demás. Los tres jóvenes, más que enojados, estaban asustados. Los aullidos y gritos de los monos de pantano se dirigían a donde estaban atrincherados, rodeándolos, y poco a poco la luz natural abandonaba el lugar.

  —?No veo que se acerquen! —Zein temblorosa apoyaba sus manos en el tronco; sus manos temblorosas no se atrevían a bajar la guardia.

  —?Yo… tampoco veo nada…! —Dein, recargado en un pedrusco, dejaba que la Lumaria hiciera su trabajo. El uso de la Klauvra lo tenía agotado.

  —?Seguro huyeron… en la escuela dicen que son cobardes y no se acercan! —Rein, triunfante pero asustado, trataba de darse falsa seguridad.

  —?No es del todo cierto! —Ithil, sudando y luchando con su propia oscuridad, jadeaba cansado mientras trataba de idear algo.

  —?Vean alrededor! ?Qué es lo que falta? —Ithil, con un movimiento de la cabeza, indicó sus alrededores. Los tres jóvenes miraron desconcertados.

  —?No hay Manaquistos! —Dein dijo, ligeramente sorprendido. Los otros dos jóvenes miraron y voltearon a ver a Ithil desconcertados y asustados.

  —?Es cierto! —Rein afirmó, a lo que Ithil respondió seriamente:

  —?Sí! Solo crecen donde hay altas concentraciones de Maná, como en el templo y sus alrededores. Y si no hay Manaquistos, no hay Polen brillante, por lo tanto, nos dejará en profunda oscuridad en 5 minutos —Golpeados por la revelación, los trillizos apenas aguantaban las lágrimas.

  —No, no, no, no, no —Zein murmuraba repetidamente al tiempo que Dein palidecía asustado, aferrándose fuertemente a la Klauvra.

  —?No! No hay problema, p… podemos correr a los muelles, a… ahí podemos subir a las torres de vigilancia y… —Rein tartamudeaba con cada palabra, visiblemente aterrado y tratando de dar esperanza a sus hermanos. Ithil lo miró seriamente.

  —Rein, escucha. Zein y Dein también —Ithil los juntó con sus manos por los hombros y los miró fijamente. Zein lloraba, Dein pálido miraba desconcertado sin poder procesar lo que pasaba mientras que Rein negaba todo con la cabeza.

  —Los Monos de Pantano son violentos, solo salen en la oscuridad total. Se apegan a técnicas de acoso y rastreo, son muy buenos. Aunque matamos algunos, no han huido, solo están esperando a que no tengamos luz natural —Ithil suspiró y les dijo amargamente mientras apretaba sus hombros:

  —Hay al menos unos 130 más, no podemos huir —.

  Ithil finalizó con una palmada en los hombros a cada muchacho. Dein empezó a sollozar, Zein, por su parte, mordía su labio inferior en una mezcla de rabia y miedo. Rein miró a Ithil buscando algo que decir, para finalmente dar un grito maldiciendo.

  —Les pido disculpas por el mal rato, muchachos, apenas puedo pararme en pie, estoy muy débil para luchar, mi último trabajo me dejó algo lastimado. Haré todo lo posible para salir de esto —Ithil volteó a ver una vez más el Leur en el piso y notó un fulgor verde enmarcando el área.

  —?Pero parece que hay una oportunidad! Los sacaré de esto, como te dije, Zein, ?no podemos fallar! —Los tres jóvenes lo miraron desconcertados, pero decidieron confiar en él.

  —?Todos junto a mí, creo que esta roca bajo nosotros guarda algún secreto! —Los tres chicos miraron la superficie del pedrusco en el piso y se agarraron de Ithil.

  Ithil comenzó con el canto del Leur, justo al tiempo que la oscuridad avanzaba como marea hacia ellos. Dejándose llevar por el Leur, Ithil se adentró en la tierra.

  —Húmeda profundidad, guarda barrera de los tiempos, Libro de los ayeres, Luz eterna de los dormidos, Déjame leer tus páginas cargadas de finales y esperanzas rotas, Lustre Luminiscencia fatua, ?encamíname a la fortaleza de los que aguardan!, la tierra donde solo los ecos quedan y los recuerdos viven, ?Respondan aquellos que ya no suspiran!, ?Acudan a este lugar y Cierren sus Historias! —Ithil cantó con todas sus fuerzas, mientras los tres chicos lo miraban llenos de confianza, pero Nerak, la luna de los recuerdos, es la más cara entre todas.

  —?Ithil! ?Estás bien? —Zein y Dein miraban los ojos nublados de Ithil, robados de calor. Rein lo mantenía en pie con todas sus fuerzas, casi como moribundo, mientras que Ithil sentía cómo a?os de su vida eran extraídos de su cuerpo por el Leur. Frente a ellos, una flama verde esmeralda pulsaba. Ithil levantó su Klauvra y dijo:

  —Eco de ayer, esta luna te ata a mí, servirás bajo mi mando toda mi existencia; a cambio, cerraré tu historia para que no queden ecos de tu deseo —Ithil, ágilmente, trazó su firma en el aire, a lo que la flama pulsó brillante.

  —?Por favor, que el espíritu no sea un mapache! Estoy muy débil para adivinar —Ithil pensaba para sí.

  —?Llévanos a mí y a mis protegidos de regreso a la seguridad del templo! —Ithil exclamó y cayó inconsciente.

  Un tintineo de porcelana se escuchaba, acompa?ado de un calor reconfortante, luego risas acompa?adas de un hojear de libros, el olor de bebidas calientes llenó la escena, para al final un respiro fuerte y profundo que lo llevó de vuelta.

  —?Y luego, ?BAM! Zein apretó el gatillo! —Dein gritó entusiasmado.

  —?Sí, y recordemos que Dein mojó los pantalones! —Zein, con las manos vendadas, se burló de su hermano.

  —?No mojé nada, tú lloraste cuando Ithil se desmayó! —

  —?Qué! No es verdad, feto deforme, eres el más deforme de los dos —.

  —?Bueno, bueno! Pero no me han dicho, ?qué pasó? —Khan intervino, intrigado por lo sucedido.

  —?Ah, es cierto! ?Miren, Ithil se levantó! —Zein emocionada corrió a la cama donde se encontraba Ithil, que miraba confundido a los tres chicos que tomaban café y leche sentados en una mesa. Khan los acompa?aba con su usual bata de mangas acampanadas.

  —?Ithil! —exclamaron los chicos mientras corrían hacia él.

  —?Calma, calma, estoy bien, creo! —Ithil se palpaba, revisando que no le faltaran partes del cuerpo.

  —?Qué pasó, cómo regresamos? —preguntó.

  —?Creo que "eso" pasó! —Khan apuntó detrás de Ithil, a través de una ventana. El esqueleto reanimado mágicamente de una gran Quelonta era envuelto en un pulso verde esmeralda, descansando en el brillo de los Manaquistos.

  —?Fue algo increíble! ?Un montón de partes de huesos arremetieron contra todos los monos que se nos acercaban! —Rein dijo emocionado, a lo que Dein secundó:

  —?Al principio nos asustamos! Los huesos nos rodearon e hicieron un corral alrededor de nosotros, pero sabíamos que eras tú el que nos ayudaba —Dein dijo al tiempo que llenaba su boca con panes y tomaba café.

  —?Entonces, Quellis, nos llevó dentro de ella a un lado del bosque junto al templo, directamente flotando sobre las aguas del lago! El maestro Khan nos recibió y ?te trajo hasta aquí! Definitivamente es más confiable que Ithil —

  —?Quellis? —Ithil los miró y preguntó

  —?Claro! —Los chicos le respondieron al unísono

  —Tú le hubieras puesto un nombre ridículo, así que te ayudamos, ?solo por esta vez! —Zein gui?ó el ojo y sacó la punta de la lengua y el dedo en su mejilla.

  —?Hahahaha, bueno, chicos, vayan a descansar, pueden tomar las habitaciones superiores! —Khan les dijo para voltear una vez más y decir:

  —Pero antes bá?ense, estuvieron dentro de una Quelonta muerta —Khan hizo un ademán con la mano para apresurar a los chicos.

  Los tres subieron emocionados, aún platicando y recordando la aventura que casi les cuesta la vida. Ithil lo sabía, fue por pura suerte su escape.

  —Gracias, Ithil, esos chicos están más entusiasmados de lo que jamás pude lograr yo —.

  Ithil le respondió al maestro Khan:

  —?Nunca más, por favor! —mientras se dejaba caer de espaldas y miraba la Quelonta, bautizada Quellis.

  —Encontraste un buen aliado, supe que te serviría el rollo —Khan le sonrió, mientras levantaba la mesa de café y galletas—. Aún hay oscuridad en ti, no será fácil deshacerte de ella, pero ya no estás desarmado —El maestro Khan lo miró orgulloso.

  —Trataré, al final de esto se trata esto, ?no? Vivir es experimentar las cosas que suceden. Por cierto, maestro, ?hizo usted ese rollo? —preguntó Ithil.

  —?Oh, no!... Es solo un trazado fidedigno de un Leur hecho por Kerr Lucine, que tuve el honor de transcribir mientras hacía mi posgrado en ritos avanzados de Nerak —Khan recogía ropas sucias y vendajes, arrojándolos a una bolsa de basura.

  —?Nada más que el primer Mageia de la Luna Negra, ?no era importante para usted ese rollo?! —Ithil miraba a Quellis, el Leur brillaba en su concha, rojo brillante como una fina línea de magma.

  —Para nada, yo soy un catedrático, no me importa tanto la aventura, pero si a usted le sirve, estoy satisfecho. La magia es para ayudar y asistir, joven Ithil —dijo orgulloso el maestro Khan.

  —?Hahahaha, esperen a que Jacob y Mina vean esto! —Ithil dijo mientras el brillo del templo de la Luna Ocre y el petricor inundaban el paisaje.

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