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Capítulo III - Realidad a Medias

  Mientras más se esforzaba en buscar

  algún indicio de que aquel mundo era algo más que un fragmento de

  la realidad de donde venía, Joseph parecía no estar dispuesto a

  rendirse ante aquel evento que lo estaba consumiendo. A medida que

  exploraba los rincones de aquella sala, más era la sensación de

  tranquilidad que ganaba, pues en sus adentros, la calma venía

  acompa?ada de ese extra?o sabor que deja el descubrir algo

  desconocido.

  En una de las paredes, un enorme reloj

  circular se alzaba marcando el ritmo con sus agujas de una forma

  irregular. Al principio, Joseph no notaba aquel hecho, hasta que

  pasado el tiempo se dio cuenta de esos detalles sutiles que suelen

  acompa?ar al mundo onírico y que lo diferencian de la realidad que

  reconocía como propia. Caminó por debajo de donde estaba el reloj,

  estirando la mano y luego los dedos, que se deslizaron suavemente

  sobre la pared que estaba pintada de tal manera, que le permitía

  sentir una textura rugosa que parecía mucho más real de lo que

  realmente era.

  —Esto es increíble…

  Las propias palabras de Joseph resonaron

  en sus adentros, como si en lugar de haber salido de su boca, se

  hubiesen producido en su pensamiento. Retiró la mano de la pared, y

  la atrajo hasta sí para observarla. Joseph movió los dedos

  frotándolos entre ellos, dándose cuenta de que la sensación era

  tan real como lo que sus ojos le mostraban. El sudor en su frente

  comenzó a caer nuevamente, en forma de finas gotas que dibujaban una

  línea delgada y húmeda que atravesaba su piel. Se alejó de la

  pared, y sin perder de vista el reloj que colgaba en ella se dispuso

  a alcanzar una estantería que contenía una serie de libros que

  quizá podrían darle alguna pista acerca del lugar en donde se

  encontraba. Una peque?a lámpara de aceite que ardía sin inmutarse

  llamó su atención en cuanto estuvo lo suficientemente cerca de la

  estantería. La miró por un momento, y se dio cuenta de lo bien

  elaborada que estaba, y de como el resplandor de la llama se

  distorsionaba y amplificaba a través del cristal que la contenía.

  Acercó la mano, y notó que el calor era perceptible sin siquiera

  tocarla, entonces se contuvo y volvió su atención nuevamente a la

  estantería mientras su ce?o fruncido reflejaba la incertidumbre que

  se acumulaba en su pecho.

  Después de haber estado revisando libro

  tras libro, Joseph se dio cuenta de que aquel acto no lo llevaría a

  ningún lado. En aquellos tomos gruesos que parecían muy antiguos,

  no había más que hojas de papel crema que no contenían nada en

  absoluto. Uno tras otro, los libros eran abiertos para revelar el

  profundo vacío que estaba amenazando a Joseph. Apiló los libro en

  el suelo, uno sobre otro, a medida que los iba sacando de la

  estantería, y con ello su paciencia se iba perdiendo. Se detuvo

  cuando en una hilera, uno de los tomos no parecía tener una posición

  muy natural. Al principio lo ignoró, rebuscando entre las página de

  otro libro que sostenía entre sus manos, sin embargo, aquella

  cubierta azulada y brillante no dejaba de llamarlo. Dejó el libro

  que sostenía entre sus manos sobre la pila que ya le llegaba hasta

  las rodillas, y sin perder de vista aquel extra?o libro, se acercó

  un poco más para mirarlo de cerca. Ahí notó que en el lomo había

  grabada una palabra que no podía leer, y al pasar su mano por la

  superficie, sintió el relieve que le produjo algo más que duda.

  —Aquí podría haber algo…

  Con las manos impregnadas de sudor, tomo

  el libro muy seguro de sí mismo. Antes de abrirlo para descubrir lo

  que había dentro, se dedicó a detallarlo por todos lados,

  descubriendo que en la portada estaba grabada en relieve la misma

  palabra que en el lomo. No se pudo contener, abrió el libro con

  cuidado, y dentro, páginas marcadas por una serie de glifos

  irreconocibles pero que de alguna manera significaban algo que él

  reconocía. Cerró el libro de inmediato, causando que un sonido

  fuerte se dispersara por todo el lugar en forma de eco. Joseph se

  alarmó, y cuando miró de nuevo el libro, por instinto sus ojos lo

  forzaron a prestarle atención a la estantería de donde lo había

  sacado. Ahí, en lo profundo, casi imperceptible. Un botón de color

  marrón, al igual que la madera que lo trataba de ocultar, esperaba

  impaciente a ser pulsado por aquel que lograse descubrirlo. Joseph se

  acercó aún más que antes, y enfocando su mirada logró detallar lo

  bien camuflado que estaba. Dudó en pulsarlo, pero las opciones que

  tenía se reducían con cada pensamiento. Acercó el dedo, y antes de

  presionarlo miró a su alrededor como buscando aprobación de lo que

  estaba a punto de hacer. No la consiguió, pero si el empujón que lo

  obligó a cometer tal acto sin pensar en las consecuencias. Un

  quejido lejano atravesó el espacio para llegar a su oídos, y con

  cada segundo que marcaban las manecillas del reloj, un sonido de algo

  siendo arrastrado acompa?aba el quejido como si fuesen compa?eros

  inseparables.

  La estantería se movió de su posición

  a penas unos centímetros, lo cual fue suficiente como para que una

  luz muy tenue, casi solemne, entrase por la rendija que quedó

  descubierta. Joseph sintió que sus latidos se aceleraron, mientras

  un halo de esperanza lo recorría desde lo más profundo. Aquella

  nueva oportunidad significaba que había algo más en aquel sitio que

  una habitación oscura sin salidas. Sintió que el quejido se

  escuchaba más fuerte, y sin detenerse a analizarlo, empujó la

  estantería que no era tan pesada, la cual se deslizó suavemente

  sobre unos peque?os rieles ocultos en el suelo. Detrás, una entrada

  a algún sitio que únicamente era marcada por una peque?a lámpara

  en el techo lo suficientemente tenue como para no delatar su

  existencia cuando la estantería estaba puesta en su lugar. Joseph se

  armó de valor y atravesó la entrada, la cual lo invitaba a seguir

  un peque?o pasillo estrecho, no muy profundo, donde lo esperaba una

  puerta de madera común, que tenía un pestillo plateado pulido.

  —?Qué demonios es eso? —se

  preguntó Joseph por lo bajo.

  Mientras avanzaba, el sonido que

  acompa?aba al quejido de antes llegó a sus oídos para alertarlo de

  su cercanía. Al llegar a la puerta con el pestillo pulido, se detuvo

  para volverse y mirar la entrada donde aún podía verse parte de la

  estantería pero, no era lo único que estaba del otro lado. Joseph

  abrió los ojos de par en par, y en el reflejo de su pupila, se pudo

  detallar una silueta de algo que buscaba acorralarlo en aquel lugar.

  Su corazón comenzó a bombear a tal punto, que el sudor comenzó a

  salir incluso por la palma de sus manos. Joseph no pudo tragar con

  facilidad la saliva en su boca debido al miedo que aquella visión le

  estaba provocando. Se giró tan rápido como pudo, y giró el

  pestillo con fuerza.

  —?ábrete… ábrete! —exclamó

  Joseph.

  Por detrás, en la entrada a aquel

  pasillo, unas piernas largas y delgadas se asomaban. Aquella imagen

  que Joseph buscaba comprobar dando vistazos a donde aún se podía

  observar la estantería, era lo suficientemente perturbadora como

  para querer escapar de aquel sitio. La puerta se abrió después del

  tercer intento, pero era tan pesada que no pudo abrirla fácilmente.

  Como pudo, aplicó toda la fuerza que su cuerpo le brindaba, dándose

  cuenta de que sus músculos estaban mucho más agotados de lo que le

  hubiese gustado admitir. Sin embargo, Joseph ignoraba que el impulso

  que le ayudaría a empujar aquella puerta no surgiría de su intento

  únicamente, sino que en uno de esos vistazos al otro lado, la imagen

  que recogió fue lo suficientemente evocadora como para hacer aflorar

  su instinto de supervivencia. Logró empujar la puerta para abrirla

  lo necesario y que su cuerpo la atravesara, y cuando lo hizo, la

  empujó de vuelta para cerrarla. Por la abertura que se hacía cada

  vez más estrecha, observó como aquel ser de extremidades alargadas

  se contorsionaba para introducirse en el pasillo, aproximándose cada

  segundo mientras sollozaba emitiendo quejidos. Joseph pudo ver lo que

  causaba el sonido de arrastre, o al menos eso pensó. Algo con forma

  humana que era jalado por aquel ser.

  —Eso estuvo cerca…

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  Aquellas palabras era lo único que

  mantenía a Joseph conectado con la cordura, pues su pecho vibrante y

  su mente colapsada no le permitían darse cuenta de forma plena si lo

  que estaba experimentando era o no producto de su imaginación. Sin

  despegar las manos de la puerta, y con los ojos entrecerrados, trató

  de calmar su respiración agitada, mientras el sudor caía al suelo

  desde su frente, y algunos hilos de saliva escapaban de su boca

  resbalando por el labio. Una vez más sereno. Se dio cuenta de que la

  puerta que cerró pertenecía a la de una cochera, pues al darse la

  vuelta, y detallar lo que estaba del otro lado, se dio cuenta de que

  ahí había incluso un auto, frente a un par de estantes que

  contenían entre cajas y cosas sueltas en cada uno de sus niveles. En

  el suelo, una pelota de baloncesto permanecía inmóvil, y eso por sí

  solo, causó que Joseph bajase la guardia. Se puso de espaldas contra

  la puerta, y se dejó caer suavemente hasta tocar el suelo donde

  permaneció sentado un rato, buscando la manera de asimilar lo que

  estaba sucediendo.

  —Creo que desperté… —susurró

  confuso.

  Arqueó las piernas, y las abrazó

  mientras su cuerpo se nivelaba. Mantuvo la cabeza entre sus brazos,

  como si aquel fuese un refugio que lo mantendría a salvo de aquellos

  eventos. Se secó varias veces el sudor de la frente, y con los ojos

  abiertos, lograba ver a través de la abertura que dejaban sus

  piernas aquel balón naranja que estaba frente a él. Detalló la

  textura, y era idéntica a la que reconocía. Sin detalles ni matices

  extra?os, aquel indicio fue suficiente como para que su confianza le

  hiciera salir de su escondite. Levantó la cabeza, y se inclinó lo

  suficiente para poder alcanzar el balón sin levantarse. Lo atrajo

  hasta su cuerpo con la punta de los dedos, y al palparlo confirmó

  que no solo se veía igual, sino que se sentía exactamente como una

  pelota de baloncesto de su mundo.

  Joseph notó mientras ojeaba lo que

  había en aquel garaje, que un viento helado se colaba por algún

  sitio. Se frotó los brazos para evitar que su piel se enfriase mucho

  más. Miró de nuevo el sitio donde había dejado el balón, y

  mientras se preparaba para levantarse y comenzar a explorar mejor el

  lugar, notó que un sonido que venía de dentro de la casa, y que

  penetraba por la abertura que había entre el suelo y la puerta al

  otro lado del garaje, se hacía más fuerte a medida que pasaba el

  tiempo. Eran pasos. Pisadas intencionales que se aceleraban en ritmo,

  y que se hacían más intensas. Joseph retrocedió. Se encontró con

  que tras de sí estaba la otra puerta de la cual había salido.

  Comenzó a temblar cuando notó que de la abertura en la parte baja

  de la otra puerta, la luz se interrumpió, revelando que del otro

  lado había algo desconocido. El pestillo comenzó a girar mientras

  temblaba, y el sonido del mecanismo en la cerradura de la puerta fue

  lo suficientemente claro como para nublar su mente. Un peque?o golpe

  se dejó escuchar, y mientras la puerta se abría, Joseph cerró los

  ojos para evitar ser testigo de lo que estuviese por entrar. Sus

  parpados estaban tan fuertemente cerrados que un par de lágrimas

  brotaron de sus ojos.

  —?Qué estás haciendo, Joseph?

  —preguntó alguien con voz infantil.

  Joseph no pudo distinguir de buenas a

  primeras de quien se trataba, pero aquel ni?o de cabello ondulado lo

  conocía lo suficiente como para saber su nombre. Sin poder articular

  palabra, simplemente se quedó viendo fijamente al peque?o frente a

  él, quien lo miraba con una expresión de confusión esperando a que

  respondiese su pregunta. Joseph abrió la boca, pero su mente estaba

  tan nublada que no pudo sino balbucear algo inentendible. El chico

  comenzó a caminar en dirección a Joseph. Con cada paso lo obligó a

  retroceder, aplastándose contra la puerta que lo separaba del

  pasillo del que había huido. Joseph trató de estirar las manos,

  buscando alejar al ni?o que se encontraba justo frente a él.

  —?Qué tienes? Se supone que debemos

  buscar a Carlos.

  Joseph no sabía quien era aquel Carlos

  al que se supone deberían buscar. El ni?o estiró la mano y tomó

  por la mu?eca a Joseph, quien se dejó arrastrar sin más opción

  por el peque?o que aún lo miraba con confusión, como si aquella

  actitud que le mostraba Joseph estuviese fuera del lugar. El ni?o lo

  apartó de la puerta de un tirón, y estiró la otra mano hasta el

  pestillo de la puerta pesada en la pared. Joseph se asustó de tal

  manera que intentó impedir que el chico hiciera tal cosa.

  —?Espera! Ahí hay algo malo…

  —alcanzó a decir Joseph.

  El chico sin detenerse, giró el

  pestillo en la puerta que se abrió suavemente para revelar que del

  otro lado había algo diferente a lo que Joseph recordaba. La luz del

  sol fue el primer indicio, y luego, cuando su vista se acostumbró a

  la luz, se dio cuenta que era una puerta que llevaba a uno de los

  patios que rodeaba la casa. El ni?o lo arrastró, y casi sin oponer

  resistencia, Joseph se dejó llevar por aquel desconocido.

  —Si no nos damos prisa, Carlos ganará.

  —?De qué estás hablando? —preguntó

  Joseph confundido.

  —Recuerda que estamos jugando a

  capturar al infiltrado —respondió el ni?o—. ?A caso lo

  olvidaste?

  Aquella pregunta hizo un eco profundo en

  la cabeza de Joseph, pues en ese instante consideró la posibilidad

  de estar olvidando algo importante, sin embargo, la existencia de

  aquel ni?o era algo que no podía explicar de ninguna forma. Sin

  poder decir nada más, se dedicó a seguir al chico en su juego,

  donde quizá podría encontrar alguna respuesta que lo llevase a

  resolver el dilema en el que estaba. Accedió a jugar con él, y como

  cómplices comenzaron a moverse sigilosamente por el patio, buscando

  el paradero de Carlos.

  —Tenemos que tener cuidado. Si nos

  atrapa, no sobreviviremos.

  Joseph asumió que aquel juego de ni?os

  no era más que eso, y por ello, se relajó lo suficiente como para

  no pensar en lo que había visto antes en el pasillo. Aquella

  criatura desconocida podría no ser más que un reflejo del miedo y

  la incertidumbre que le había causado estar en un lugar como aquella

  sala oscura, y con ello, asumía que su mente no estaba en una

  condición de cordura que impidiese que surgieran alucinaciones como

  aquella. Mientras corría detrás de aquel chico, notó que el pasto

  bajo sus pies estaba algo húmedo, por lo que la tierra lodosa se le

  estaba pegando a los zapatos que comenzaban a perder su color

  original. Aprovechó de detallar aquella calle, y por más que

  buscaba similitudes entre sus recuerdos, Joseph llegó a la

  conclusión de que jamás había visto aquel lugar. Aún así, aquel

  sitio parecía conocerlo mejor de lo que el mismo podría.

  —?Ahí está! —exclamó el ni?o,

  se?alando detrás de un auto en la casa del vecino.

  —?Estás seguro? No puedo ver nada.

  Joseph intentó encontrar con la mirada

  el lugar donde estaba el otro chico al que buscaban, pero no fue

  capaz de verlo a la primera. Se volvió y miró nuevamente la mano

  del ni?o a su lado, para seguir la dirección en que su dedo

  se?alaba un lugar donde debía enfocar la vista. Ahí estaba. Detrás

  de una camioneta familiar había algo que se escondía tímidamente.

  Joseph se preguntó confuso el por qué no lo había visto en su

  primer intento, siendo que había repasado el sitio con su mirada. Se

  dio cuenta de que por debajo de la camioneta podía verse un poco de

  aquel chico, pero aquellos pies no concordaban con lo que él

  reconocía. Se volvió y le preguntó al ni?o a su lado si estaba

  seguro de que aquel era Carlos, y el ni?o sin dudarlo le dijo que

  si, que debía acercarse con cuidado para atraparlo antes de que él

  los atrapase a ellos. Joseph dudo, y con razón. Debajo de los pies

  de Carlos, había algo más que solo su sombra. Algo espeso, como un

  líquido, formaba un peque?o charco que parecía querer extenderse

  por debajo del auto.

  —Vamos, debes atraparlo, Joseph —dijo

  el ni?o, animándolo a avanzar.

  Joseph comenzó a moverse con cautela.

  Paso a paso la sensación de peligro crecía en su interior, haciendo

  que en su pecho los latidos de su corazón formasen un eco profundo

  que llegaba hasta su cabeza. El sudor se presentó, y a los pocos

  segundos su rostro se vio empapado en aquel líquido que nuevamente

  recorría su frente. Llegó a la camioneta, donde colocó las manos

  suavemente para evitar hacer algún ruido que lo delatase. Escuchó

  que el ni?o al otro lado del auto se reía muy suavemente. Quiso

  creer que lo que había visto bajo la camioneta no había sido sino

  una visión producto de su mente que de alguna manera comenzaba a

  romperse. Fue entonces que decidió acercarse a una de las esquinas

  de la camioneta para tratar de rodearla sigilosamente. Cuando llegó

  al borde, escuchó nuevamente la risa del chico. Se detuvo. Sintió

  que algo le estaba envolviendo los pies, y cuando miró por debajo,

  el líquido de antes había llegado hasta sus zapatos, cubriéndolos

  lo suficiente como para que pudiese notar el color. Carmesí.

  —Esto no está bien… —susurró.

  Joseph levantó la cabeza de inmediato

  en cuanto escuchó un sonido tremendamente familiar. Un quejido que

  le heló la sangre de inmediato, que fue eclipsado por una risa

  infantil que provenía de una criatura que estaba frente a él. Trató

  de gritar pero no pudo. Escuchó su propio nombre, mientras sus ojos

  abiertos como platos enfocaban aquel rostro aterrador que se acercaba

  lentamente.

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