Culpa
Para Juan, fue imposible poder comer y dormir durante más de un día y medio. Había dejado el cuerpo de Eugenio en una casa en ruinas que los roedores habían acondicionado para que sirviera de hospital o Albergue de Dios para los enfermos y heridos de la comunidad. Ubicando a los pacientes por encima del nivel del suelo, en recintos construidos entre las paredes de la casa, sobre las vigas de madera, o incluso en el interior del mobiliario que había sido abandonado por los humamos hacía tiempo.
Aquel lugar era propiedad de la Iglesia y estaba destinado a atender a los más desfavorecidos de Triana. El mortuorio era el único lugar que estaba a nivel del suelo, en lo que era la cocina de la casa, justo debajo de una mesa cubierta por un mantel de lino que llegaba hasta el piso, lo que permitía que la luz del sol iluminara aquella tienda de campa?a improvisada.
Las monjas que administraban ese lugar anotaron los datos de todos los difuntos que habían llegado del callejón en un grueso cuaderno de registros; antes de ordenarles a Juan, a los tercios y a los alguaciles menores que se encargaron del traslado que abandonaran el sitio para que ellas pudieran cumplir con su deber de limpiar a los muertos en paz.
En medio de la confusión de la salida masiva de roedores, dos alguaciles menores armados hasta los dientes, rodearon a Juan justo cuando éste salía del mortuorio, lo tomaron por los hombros y lo sacaron del hospital junto con Diego, para escoltarlos hasta la Casa Consistorial. Sede del poder local de los roedores, que se ubicaba detrás de los muros del antiguo castillo de San Jorge, que era utilizado por los humanos como tribunal para el Santo Oficio.
La noticia de las muertes de Palo y Hueso se propagó como la pólvora por las calles y callejones de Triana. Las autoridades debían recabar la mayor cantidad posible de información sobre aquel heroico suceso, debido a la jugosa recompensa que había en juego y que ahora estaba siendo reclamada tanto por el capitán de los tercios viejos como por un peque?o grupo de alguaciles.
El camino hasta el castillo de San Jorge fue largo y las horas que estuvieron los dos ratones metidos en los tribunales se hicieron eternas. Juan estaba agotado, sentía que su mente estaba completamente desconectada de su cuerpo y le costaba entender por qué el corregidor de turno insistía tanto en preguntarles si era verdad que los alguaciles habían matado a uno de los perros.
—?Afirmáis eso con verdad? —preguntó el corregidor a Eugenio, que estaba parado justo al lado de Juan
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—Sí se?or corregidor, los alguaciles estaban en el callejón y fueron los que nos ordenaron escondernos en el túnel… —comenzó a decir Diego agotado — los escuché gritar algo, pero… uno de los perros nos atacó y tuve que salir huyendo de allí.
—?Y qué visteis cuando volvisteis al callejón? —preguntó el corregidor.
—A…a un amigo muerto. —respondió Diego adolorido, provocándole un nudo en la garganta a Juan.
—?Y los alguaciles? —Preguntó el corregidor son darle mucha importancia la pérdida de Diego.
—Ellos... —Diego miró por unos momentos a Alonso que aún estaba cubierto con la sangre de Palo junto con uno de los alguaciles sobrevivientes— estaban sobre uno de los perros muertos. Es lo que recuerdo.
Un tenso silencio llenó el recinto mientras Diego bajaba la mirada para evitar mirar a Juan, quien ni siquiera había notado la tensión que se sentía allí entre el alguacil mayor y un miembro de alto rango de los tercios viejos, que habían acudido a la Casa Consistorial sólo para escuchar los testimonios en persona; ni la cara de asco que puso el corregidor cuando los alguaciles acercaron la oreja cortada de Palo a su escritorio para reclamar por tercera vez su parte de la recompensa. Todo le resultaba irreal, como si estuviera contemplando una obra desde el asiento más lejano del teatro.
—?Alejad esa maldita cosa de mí si no queréis dormir en una celda! —exclamó el corregidor molesto a los alguaciles cuando mancharon accidentalmente el escritorio con sangre de perro— En cuanto a vosotros dos, firmad los documentos del escribano y retírense. —Le ordenó él a Juan y a Diego.
Los dos ratones obedecieron: firmaron los documentos que registraban sus testimonios juramentados y abandonaron el tribunal en silencio, cruzando un largo pasadizo de piedra, custodiado por una fila de alguaciles cuya salida daba hacia el mercadillo del Altozano. Que a esas horas, estaba repleto de personas que querían comprar pescado fresco o cruzar el peligroso puente de Barcas.
—Juan…. —Murmuró Diego, quien le había estado siguiendo como una sombra desde el callejón.
Juan se detuvo en seco. La voz de Diego lo trajo de vuelta a la realidad sintiendo una enorme rabia, porque ya sospechaba lo que le iba a decir el ratón.
—… fue mi culpa…yo…yo…
Juan le dio una fuerte bofetada en el hocico a Diego que le hizo caer al suelo de una.
—?Pídele perdón a Eugenio, anda! — Gritó Juan mientras pateaba a Diego—?Hazlo en frente de su madre y hermanos en el velatorio, y le cuentas como no nos hiciste caso porque te salió de los cojones!?Maldito majadero!?Soplagaitas!?Hipócrita!
—?Juan perdóname! — Chilló Diego adolorido por los golpes.
—?Cállate! —Gritó Juan pateando el costado de Diego—?Que fuiste incapaz de ayudarme a cargar el cuerpo de Eugenio!?Cállate!
—??Qué estáis haciendo!? —Gritó alguien furioso desde la entrada de la Casa Consistorial. Se trataba del portero que había salido acompa?ado por un alguacil menor —?Largaos de aquí!
Juan tuvo que contenerse, no quería dejar de darle un último adiós a Eugenio por culpa de Diego. Escupió la cara del ratón, quien no se atrevió a levantarse del suelo para defenderse, y se alejó de él furioso, cruzando el Altozano en dirección a la Cava de los Gitanos.

