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Los Ratones de Triana

  El tenue brillo de la luna llena se filtraba entre la espesa capa de niebla que cubría por completo la ciudad de Sevilla en la madrugada de enero de 1612. Otorgándole un aspecto casi fantasmal a las estrechas calles que, desde el día anterior, habían quedado enlodadas por culpa de una feroz tormenta invernal que cayó sobre toda la ciudad. Causando innumerables estragos en ambos lados del río Guadalquivir; cuyas aguas, han separado desde tiempos antiguos a la imponente ciudad amurallada del humilde barrio de Triana.

  En este lugar, más específicamente en la calle conocida como La Cava de Los Gitanos. El silencio que se sentía en el ambiente fue interrumpido por el ta?ido de las campanas del convento de Nuestra Se?ora de La Consolación. Sobresaltando repentinamente a tres figuras que, hasta ese momento, se estaban moviendo furtivamente por delante de la antigua fachada del convento de las monjas.

  El trío respiró aliviado, todo había sido una falsa alarma. Y retomó su camino por la sucia y enlodada calle, armados de valor por hambre y el frío. Llevando bajo los brazos varios sacos vacíos de arpillera que debían utilizar cuando llegaran a su destino

  Cualquier alguacil decente habría detenido aquellos tres por su andar sospechoso, de no ser porque el más alto de ellos medía apenas 12 centímetros de estatura, y estaba cubierto por un bonito pelaje gris y una gruesa capa de lana marrón que le ayudaban a pasar desapercibido. Por lo menos, ante los ojos humanos, que no estaban hechos para ver en la oscuridad.

  Y es que la vida siempre ha sido (y será) muy complicada para los roedores. Estas peque?as criaturas, habían logrado crear una sociedad exitosa paralela a la humana, pero muy dependiente de ésta última para la obtención de muchas materias primas. Que los mismos roedores, muy diligentes, aprendieron a trabajar observando a los humanos desde lejos. Por lo que era muy común verles vestidos con ropas minúsculas, muy acordes a la moda de la época o ejercer los mismos oficios que sus pares homínidos. A pesar de todos estos grandes logros, los ratones seguían teniendo una tasa de mortalidad muy alta, por tratarse de criaturas muy peque?as y codiciadas por los carnívoros de mayor tama?o. Que los veían como una abundante fuente de proteínas envueltas en ropas de algodón o lino.

  La muerte era algo que siempre se tomaba en cuenta al salir de la madriguera. Y por eso, los tres ratones se escondieron rápidamente detrás de una cesta de ca?a que alguien había dejado olvidada en frente de la puerta de su casa, cuando escucharon unos pasos detrás de ellos. El más intrépido de ellos, un roedor de pelaje pardo claro que respondía por el nombre de Juan asomó un poco la cabeza para ver quiénes eran; y así, evaluar la posibilidad de huir con sus amigos, en caso de ser necesario.

  Lo primero que llamó su atención fueron dos luces amarillas que iluminaban tenuemente la niebla que le envolvía con un brillo anaranjado. Ambas, eran llevadas por un par de siluetas gigantescas, que caminaban con calma y silencio por la sucia calle en dirección hacia el Castillo de San Jorge. Como Juan no era un roedor supersticioso que creía en la existencia de fantasmas, dedujo rápidamente que se trataban de dos hombres que cargaban consigo faroles de mano para poder ver en la oscuridad. Y al juzgar por las siluetas de sus indumentarias, podrían tratarse de dos alguaciles que están realizando sus rondas nocturnas.

  Juan levantó una mano para indicarle a sus amigos que no hicieran ruido. Quería escuchar mejor, y comprobar con sus agudos oídos si había alguien más en la calle. Otro hombre quizás, o peor aún, una fea bestia de 4 patas, babosa y de nariz húmeda, que desde tiempos inmemoriales ha obedecido ciegamente a los humanos a cambio de sobras.

  Los problemas que causaban los perros a los roedores dependían mucho de las razas de estos: Los alanos y los mastines, eran gigantes orgullosos que solían ignorar a los ratones como él, al no considerarles dignos oponentes. Ellos nunca perderían su valioso tiempo en perseguir a roedores como él, porque están muy ocupados persiguiendo lobos, soldados enemigos o malhechores. Por el contrario, los podencos, los galgos y demás perros de tama?o peque?o, contaban con todo el desprecio de Juan, al ser engendros demoníacos de silueta esbelta, creados en el infierno por el mismo Lucifer para aterrorizar a los roedores devotos como él.

  Para alivio suyo y Gloria de Dios, no había perros a la vista. Tanto Juan como sus amigos, esperaron pacientemente que los alguaciles se alejaran lo suficiente de ellos para animarse a hablar en voz baja y decidir los siguientes pasos:

  —Tenemos que cruzar la calle. —Dijo Juan se?alando un punto en la neblina.

  —?Estás seguro de eso, Juan? —Preguntó Diego, un ratón de campo regordete con tono preocupado mientras apretaba alrededor de sus brazos por el frío —Podríamos esperar a que pase un sereno por la calle para que nos guíe.

  —?No te has enterado del rumor? El sereno murió ayer, lo arrastró la lluvia. —Respondió Juan extra?ado.

  —??En serio!? —Preguntó Diego incrédulo alzando la voz.

  —?Sí, y baja la voz, por favor! —Interrumpió Eugenio mirando hacia los lados nervioso. Temiendo que un gato saliera de la nada para atacarles.

  —Ya te dije que esta noche andábamos por nuestra cuenta, Diego. Y yo prefiero cruzar la calle a perder un pedazo de mi cola en alguna casa como tú —Recalcó Juan sonriendo con sorna mientras miraba a su amigo a los ojos.

  Diego se estremeció al recordar aquel doloroso momento, cuando el filoso cuchillo de una mujer cortó un tercio de su cola de un tajo. Y todo porque había pensado que era buena idea ir a robar sobras frescas en su cocina a plena luz del día. Miró a Juan con vergüenza y rabia contenida, sin darse cuenta de que estaba apretando el largo mu?ón que le había quedado con sus manos. A Diego no le faltaron ganas de meterse con el honor de la madre de Juan, pero prefirió cerrar la boca para no llamar la atención de los gatos de la zona, y cruzó la calle para demostrarle a sus dos amigos que no tenía miedo.

  Sorprendidos por la reacción, Juan y Eugenio no tardaron en imitarlo. Ambos se adentraron en la neblina corriendo, usando sus agudas narices para seguir el rastro de olor de Diego; que poco a poco, se fue mezclando con el dulce aroma del pan recién horneado y de otros roedores como ellos.

  —?Ten más cuidado, gaznápiro! —Chilló una ratona anciana molesta luego de que Juan chocara con ella por accidente.

  Juan se disculpó con aquella desagradable cosa encorvada y sin pelos; pero ella, ya sea por sordera o por achaques de la edad, siguió escupiendo insultos por su boca. Eugenio jaló a Juan por la manga de su jubón para alejarlo de la anciana, que resultó ser uno de los tantos roedores que estaban haciendo fila para entrar al obrador y comprar el pan.

  Al igual que los humanos, la creación de una peque?a masa que se cocinaba con el calor de fuego asentó las bases para que los roedores crearan sus propias civilizaciones. Aunque no fue un invento original, sino el resultado de siglos de observación, de imitación y de convivencia paralela con los homínidos. Los roedores podrían ser muy peque?os, pero eran muy listos, y aprendieron a mantener ocultos sus logros de la peligrosa mirada de los hombres. Como el obrador, que fue construido entre las paredes del taller en donde se encontraban los hornos humanos, y del que se podía acceder entrando por unas madrigueras que se ubicaban en un estrecho callejón lleno de escombros.

  —Mira, allá está Diego. —Se?aló Eugenio al ratón que ya estaba aguardando en el penúltimo puesto de la cola con muy mala cara, mientras escuchaba en silencio a una gorda rata marrón, cuyas calzas blancas estaban completamente manchadas de barro.

  —Intenté atravesar el convento pasando por los túneles, pero también estaban anegados. —Escucharon decir a la rata hastiada mientras se movía al ritmo de la fila — Le pregunté a varios roedores por el sereno de la zona, pero me dijeron que al pobre se lo tragó el río que lodo que se formó en la calle durante la tormenta

  —?Todos los a?os es igual! —Exclamó una ratona molesta que estaba delante de Diego, y de la que sólo se le podía ver el hocico por la gruesa capa de lana negra que le cubría de las patas a la cabeza — ?Los túneles se inundan con las lluvias y los inútiles del cabildo no hacen nada para solucionarlo!

  —Y en el mentidero me comentaron que los drenajes hacia el río estarían listos en primavera. — Comentó la rata escéptica— Los gatos harán un festín con nosotros este invierno.

  Juan y Eugenio saludaron a Diego con la cabeza, y se colocaron justo detrás de la rata gorda para hacer la fila. Alguien abrió las puertas del obrador desde dentro, mientras 6 ratas alguaciles vigilaban atentamente desde varios puntos del callejón el ingreso de los clientes, con caras de muy pocos amigos. Algo que a la ratona le restó importancia, porque empezó a subir el tono de voz para hacer más evidente su molestia. Cosa que incomodó mucho a los presentes.

  —?Esas son patra?as, nadie hará nada!?El regente puesto por el rey es un inútil al igual que Su Majestad! —Chilló la ratona luego de ignorar los comentarios que hizo la rata enlodada en voz baja, que le rogaba ser más discreta con sus comentarios.

  El eco de aquellas palabras rebotó entre las paredes del callejón por unos largos segundos, antes de que el ambiente se cargara de un tenso silencio que incomodó a los presentes. No estaba muy bien visto hablar mal de los políticos en público, mucho menos cuestionar las decisiones de Su Majestad delante de las autoridades, que ya estaban caminando con paso firme hacia la enfurecida ratona. Si una rata de por sí ya intimidaba a otros roedores por su enorme estatura, verlas uniformadas de negro y armadas hasta los dientes, era algo que siempre le congelaba la sangre a la mayoría de la población civil.

  —?Tiene usted algún problema, se?ora? —Preguntó el oficial de mayor rango, una rata con dos cicatrices en el rostro: una cruzando que le cruzaba el ojo izquierdo y otra en el hocico. La rata negra llevaba puesta la indumentaria propia de su oficio, que destacaba por la capa espa?ola que colgaba de sus hombros y un chambergo negro adornado con unas plumas marrones. Probablemente procedentes del plumaje de algún desdichado gorrión, que murió en manos del gremio de sombrereros para obtener sus valiosas plumas. Pero lo que destacaba sobre aquella figura totalmente negra era la golilla de algodón que rodeaba su cuello, por su pulcro color blanco.

  El manto que cubría a la ratona cayó sus hombros cuando echó su cabeza hacia atrás para ver la cara del alguacil. Quien la observaba con la típica mirada inexpresiva de alguien que no se sorprendía por nada, porque ya se había acostumbrado a ver mucha mierda a lo largo de su vida.

  La ratona miró con miedo al otro alguacil y a sus armas enfundadas, y respondió con voz temblorosa:

  —N-no, se?or.

  —Entonces cierre el hocico o la saco a patadas de la fila. —Le dijo él con voz grave, inclinándose para acercar su rostro al de ella —?Los demás, moveos! —Ordenó en voz alta al darse cuenta de que ya no quedaban más roedores esperando; salvo Juan, Diego, Eugenio y la rata regordeta.

  Los cuatro roedores entraron sin chistar a la madriguera, quedando la ratona de última por orden directa del jefe de los alguaciles, quien debía recordarle a la alborotadora cuál era su lugar. Parecían chiquillos huyendo del castigo de un profesor, mientras miraban de reojo a la ratona que comenzó a seguirles unos segundos después con los ojos cargados de lágrimas.

  El calor que provenía del obrador los recibió como si se tratara del dulce abrazo de una madre, sensación que se esfumó cuando se dieron cuenta de las miradas de fastidio y enojo que le dirigieron los trabajadores del lugar; que, al parecer, contaban con que habían atendido a los últimos clientes de la jornada para volver temprano a sus hogares.

  Uno de los panaderos, un topillo con el pelaje cubierto por una delgada capa de harina de trigo se acercó a ellos cargando un enorme cesto repleto de bollos de trigo para hablarles con tono seco:

  —Sólo 3 panes por roedor. —Comentó él sin saludar, dejando el cesto sobre un mesón de madera destinado a mostrar los productos horneados del obrador.

  —?Qué? —Preguntaron algunos confundidos.

  —?Por qué? —Preguntó molesta la rata que se había vuelto a colocar detrás de Diego.

  —órdenes de Su Majestad, las lluvias inundaron las bodegas donde estaba almacenada la harina, y hay que racionar lo que hay disponible hasta nuevo aviso.

  —Lo que faltaba…—Murmuró Juan frustrado.

  —A nosotros tampoco nos hizo mucha gracia la medida, pero este a?o la cosecha fue muy mala para los humanos, y cuesta mucho conseguir trigo sin que ellos se den cuenta. —Se excusó el topillo cansado de repetir lo mismo, una y otra vez a cada roedor que llegaba a su taller.

  —Vale, me los llevo. —Cortó Diego fastidiado por la verborrea del panadero, mientras buscaba el bolso que llevaba debajo de su capa.

  —Veintiún maravedíes. — Respondió el panadero

  Todos miraron al panadero con los ojos abiertos como platos. Y no era para menos, el precio del pan pasó de costar tres monedas de cobre por pieza a siete en menos de veinticuatro horas ?Qué horror! Los políticos, los comerciantes y los recaudadores de impuestos debían creer que los roedores tenían en sus madrigueras, algo así como una fuente mágica que producía monedas. Porque no dejaban de exprimir a los pobres que se partían el lomo trabajando de sol a sol.

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  Diego contó de mala gana las monedas y se las entregó al panadero, tentado con la idea de volver a robar comida en las casas humanas como si fuera un animal salvaje. En cambio, la rata gorda, se indignó con lo que consideraba un abuso y giró sobre sus talones para largarse de allí, murmurando insultos hacia los panaderos y la corona.

  Juan y Eugenio lo pensaron por unos segundos, pero prefirieron guardar su indignación en un bolsillo y seguir el ejemplo de Diego. Ninguno iba a llegar a sus casas con las manos vacías solo por haberse enojado con un panadero abusivo.

  Los tres salieron del obrador enojados abrazando los panes como si se trataran de joyas costosas. El aire helado del exterior golpeó sus rostros enfurru?ados y los puso nuevamente en alerta. Ahora tocaba volver a sus madrigueras, recorriendo las peligrosas calles que ahora estaban iluminadas por la luz del amanecer y llenas de humanos que salían de sus hogares para realizar sus actividades diarias.

  Juan y compa?ía notaron que algo no estaba cuadrando en el estrecho callejón: los alguaciles no estaban en sus puestos. Aquello no les gustó para nada, y apresuraron el paso hasta llegar a la esquina del callejón que daba hacia la calle Cava. Cuando se detuvieron para planificar como debían cruzar sin ser notados por los humanos, se dieron cuenta de que muchos roedores estaban corriendo al otro lado de la calle en distintas direcciones, como si necesitaran con urgencia alejarse de algo malo.

  Aquello no le gustó a ninguno de ellos. Preocupados, Eugenio y Diego movieron sus cabezas de lado y lado para buscar alguna pista que les indicara lo que había sucedido al otro lado de calle. En cambio, Juan, había centrado su atención en algo en particular: un silbido. Parecido al canto de un ave que Juan no pudo reconocer. Y que se repetía una y otra vez desde varios puntos sobre sus cabezas hasta cubrir varias manzanas a la redonda.

  Juan se asomó tímidamente por la esquina y alzó la cabeza para mirar hacia arriba, aprovechando que, el calor del sol estaba disipando la niebla y se podían apreciar mejor lo que había en los tejados. Allí notó algo, justo en el borde del tejado de un comercio de cestos, que reflejaba la luz del sol mientras se movía. Una armadura, quizás. Era una figura tan peque?a como Juan, que ondeaba insistentemente una bandera roja, al mismo tiempo que su acompa?ante silbaba de rodillas con la mirada puesta en la calle.

  —?Creo que hay un gato suelto en la calle! — Exclamó él mirando a sus amigos.

  —?Qué? —Preguntó Diego mirando a Juan confundido— ?Por qué lo dices?

  —?Miren hacia allá! —Respondió Juan se?alando a los roedores en el tejado

  —Creo que son los tercios, y están agitando una bandera roja.

  Diego y Eugenio miraron hacia donde apuntaba Juan.

  —No veo nada por los alrededores. —Comentó Diego mirando hacia ambos lados de la calle— Podríamos cruzar la calle y escondernos en el túnel que hay debajo de esa casa.

  —Está inundado. —Cortó Eugenio con tono seco.

  —?Eso no lo sabes! —Contestó Diego alzando la voz.

  —?La rata te dijo que todos los túneles estaban inundados, debemos volver al obrador y esperar a que todo se calme! —Respondió Eugenio molesto.

  —?Pero no hay depredadores cerca, aún tenemos tiempo para cruzar! —Exclamó Diego furioso.

  Juan se vio obligado a intervenir.

  —?No seas cabezota, Diego! —Le espetó jalando a su amigo por la manga en dirección contraria a la calle — Eugenio tiene razón, tenemos el obrador justo detrás de nosotros. Y no me voy a arriesgar a mojar el pan que me ha costado un ojo de la cara.

  Diego apartó su brazo molesto empujando a Juan para soltarse de su agarre. No iba a ceder esta vez; ya había tenido suficiente con que Juan se burlara de su cola amputada y que el panadero le robara dinero por 3 piezas de pan, como para tener que aguantar que le insulten y le obliguen a volver a ese nido de ladrones.

  —?Qué os zurzan a los dos, yo me largo de aquí! —Gritó él, mandando al carajo a sus amigos.

  Diego era ese tipo de roedor que había tenido la mala suerte de haber nacido con un exceso de bilis amarilla en su cuerpo; lo que le hacía propenso a tener un temperamento del demonio. Tenía muy poca paciencia y se enfadaba con facilidad cuando los demás le llevaban la contraria o se metían con él, llevándolo a tomar decisiones impulsivas, como, por ejemplo: cruzar la calle a plena luz del día sin mirar si había humanos o depredadores cerca.

  Juan y Eugenio miraron a Diego boquiabiertos. No podían entender como su amigo podía ser tan zopenco y cabezota en los momentos en donde se requería tener la cabeza fría como un hielo. Pero era su zopenco favorito, y lo querían mucho. Y por esa razón se lanzaron tras él, temiendo ser pisoteados accidentalmente por algunas de las mulas de carga que iban pasito a pasito por la calle, acompa?adas de sus due?os.

  Esquivaron las ruedas de una carreta y pasaron por debajo de la falda parduzca de una mujer, que chilló asustada al sentir el rápido roce de los ratones en sus pies.

  Por fortuna, lograron cruzar la calle ilesos. Alcanzando a Diego, quien se había ocultado entre unas plantas que crecían pegadas a la fachada de una vieja casa para poder tomar un poco de aire.

  —?Diego! —Gritó Juan captando la atención del ratón de pelaje gris que ya tenía intenciones de retomar su ruta — ?Diego, espera un momento!

  —?Deja de exponer tu vida de esa manera, maldito infeliz! —Espetó Eugenio casi sin aire en sus pulmones —?Qué no seré yo quien le lleve tu cuerpo a tu madre!

  —??Qué vas a llevar tú si eres un cagalindes!?— Le respondió Diego mirándolo con desprecio.

  Eugenio iba a abalanzarse sobre él de no ser por Juan, que se interpuso entre los dos, para evitar que se mataran a golpes delante suyo.

  —?Calmaos, por favor! —Exclamó Juan en voz alta, aguantando a duras penas los empujones que venían de lado y lado —?Que no pasa nada!?Nos esconderemos en la madriguera y aguardaremos allí hasta que pase la alarma! ?Os parece bien?

  Diego miró a Juan sorprendido, y después, a Eugenio con una sonrisa burlona. De la que Juan se dio cuenta, e intervino por segunda vez, para evitar que Diego le restregara su victoria en la cara a Eugenio:

  —?Entendiste lo que he dicho, Diego? —Preguntó Juan, borrando la sonrisa del rostro de Diego al notar que éste le se?alaba con un dedo— No vamos a adentrarnos en los túneles, es demasiado peligroso.

  —?Bah!, haced lo que os dé la gana. —Respondió Diego con desdén, apartándose de Juan con un empujón.

  Juan hizo un enorme esfuerzo para no darle un pu?etazo a Diego ahí mismo. No quería seguir peleando con él, pero tampoco le quedaban muchas ganas de hacer de ni?era y seguir insistiendo sobre los riesgos que había en adentrarse en las profundidades de unos túneles anegados de lodo. Ya estaba hasta las orejas del mal genio de su amigo, y planeaba mandarlo al carajo en lo que terminara la alarma que había sobre la superficie.

  Nuevamente, fue Diego quien encabezó el recorrido por los dos últimos metros que quedaban. No tardaron mucho en llegar a una de las esquinas de la casa y adentrarse en otro estrecho callejón, que daba a una calle ciega, que servía de basurero improvisado para los talleres y hogares de los alrededores. Un lugar perfecto para disimular las entradas de los túneles públicos que las autoridades roedoras del cabildo habían excavado décadas atrás

  Repentinamente, un grito de dolor que provenía de la calle ciega les detuvo.

  —?Pero qué demonios hacen ustedes ahí? —Gritó una voz familiar desde el otro lado del callejón—?Escóndanse en el túnel!

  Los tres roedores reconocieron al alguacil, quien estaba al frente de otros cinco compa?eros. Todos tenían sus espadas roperas desenvainadas, en posición de ataque y apuntando hacia un mismo punto de la calle. Algo muy malo estaba muy cerca de ellos, y ninguno de los tres ratones quería saber lo que era.

  Esquivaron los pocos obstáculos que le quedaban y entraron al túnel sin problemas. Ahí, muy cerca de la entrada, se encontraron con un poco más de una decena de roedores que estaban apretujados entre sí, en la única parte del túnel en donde las patas no se hundían en el lodo.

  Juan y Diego se abrieron paso entre los presentes para alejarse lo más posible de la entrada; en cambio, Eugenio decidió detenerse por unos instantes para dirigirle la palabra a una moza de pelaje pardo claro que llamó su atención por sus hermosos ojos negros:

  —Perdona ?Pero sabéis algo de lo que está pasando allá afuera? —Preguntó él de la forma más educadamente posible. Controlando su respiración entrecortada por el cansancio.

  —No, los alguaciles empezaron a dar las voces de alarma y nos ordenaron escondernos. —Respondió la ratona negando con la cabeza— Algunos me han comentado que posiblemente se trate de…

  La ratona no pudo completar la frase por los gritos que se escucharon desde el exterior, sobresaltando a los presentes que pudieron escuchar con claridad la orden de ataque dada por la potente voz del alguacil. Muchos roedores comenzaron a alejarse lentamente de la entrada, ignorando la desagradable sensación que producía tener las patas sumergidas completamente en el lodo.

  —?Cuidado, se?or! —Se escuchó gritar a alguien desde afuera, al mismo tiempo que algo muy grande comenzó a golpear rápidamente el suelo con sus patas

  Nadie pudo reaccionar a tiempo. Una bestia introdujo sus fauces abiertas a tal velocidad dentro del túnel, que ni Juan ni Diego pudieron darse cuenta de que habían atrapado a Eugenio junto con la moza. Los gritos y el pánico no se hicieron esperar, todos los roedores corrieron hacia el interior del túnel, cuyas paredes comenzaron a temblar por las fuertes patas de la bestia que había decidido excavar la entrada para atrapar más víctimas.

  La mente de Juan estaba en Diego y Eugenio. Pudo localizar al primero que iba delante de él, a pocos centímetros de distancia, intentando estirar su mano entre la multitud para llamar la atención de sus amigos mientras corría. Cuando Juan notó que faltaba Eugenio, temió lo peor. Y como pudo, se abrió camino dando fuertes codazos y empujones a otros ratones, hasta que pudo frenar a Diego jalando su jubón con fuerza.

  —?Diego, no veo a Eugenio, creo que se quedó atrás! — Dijo Juan, logrando detener a Diego en seco. Momento que Juan aprovechó para guiarlo hacia un ramal del túnel, que por los visto, daba hacia una calle cercana al callejón en donde se encontraba Eugenio.

  Allí el helado lodo llegaba hasta la cintura, haciendo más lento el escape. Diego y Juan se despojaron de sus capas mojadas, porque se les estaban haciendo muy pesadas. Al tener buena visión nocturna, se dieron cuenta de que las paredes de ese ramal estaban sobrecargadas de agua y podían caerse en cualquier momento. Y sin pensarlo dos veces, corrieron hacia la salida cuando sintieron un fuerte estruendo que ahogó los gritos de los ratones que habían huido por otro el túnel principal. Una pesada lluvia de guijarros y piedras comenzó a caer sobre sus cabezas anunciando lo peor. Temeroso, Juan jaló a Diego hacia él, cogiéndolo por el cuello del jubón para poder salir juntos hacia el exterior lo antes posible.

  Fue un milagro, que ambos pudieran subir las escalinatas del túnel, justo antes que una parte de la bóveda cediera. Juan y Diego cayeron de rodillas al sentir los rayos del sol sobre sus rostros, pero no tuvieron tiempo para agradecer al Altísimo por haber obrado en favor de ellos. Porque algo o alguien considerablemente grande, se había desplomado justo en frente de ellos, a unos peligrosos pocos centímetros de sus narices.

  Ambos ratones quedaron conmocionados al darse cuenta de que se trataba de un hombre con la cabeza completamente ba?ada de sangre; posiblemente, a causa de unos ladrillos que habían caído cerca de él. Si estaba vivo o no, no era asunto de Juan ni de Diego, quienes corrieron de inmediato hacia la esquina del callejón al escuchar el sonido de un tambor entremezclado con gru?idos y ladridos.

  Juan y Diego descubrieron horrorizados la batalla mortal de los tercios viejos de Triana contra tres perros, que, en esos momentos sacudían sin piedad a unos pobres cristianos que habían atrapado con sus fauces. Al ver aquello, Diego sintió un nudo en la garganta por la culpa, ya que, de no ser por él, Juan y Eugenio habrían estado a salvo en el obrador.

  —?Por aquí Diego, rodearemos el callejón! — Le escuchó decir a Juan, quien lo jaló nuevamente por la manga del jubón para guiarle.

  Diego reconoció de inmediato la Cava de Los Gitanos, que a esas horas ya estaba repleta de personas y animales de carga. Y sin pensárselo dos veces, corrió acompa?ado de Juan rumbo al otro callejón, donde posiblemente estaría Eugenio herido.

  Al ser ratones, tardaron menos de un minuto en salir a la calle y adentrarse al otro callejón. Con mucha cautela, se acercaron a la entrada del túnel que había quedado hecho un desastre. Diego fue el primero en adentrarse al interior sorteando la basura y los escombros, llamando a gritos a Eugenio junto con Juan, con la esperanza de hallarlo con vida.

  Ni Eugenio ni los ratones que habían huido junto con ellos respondieron. El sentimiento de culpa de Diego creció hasta tal punto que ya no pudo contener el llanto. Al ver esto, Juan decidió apretar sus ojos con fuerza para no ceder ante su propio dolor; sacando fuerzas para dirigirse hacia el exterior, mientras limpiaba discretamente las pocas lágrimas que salieron de sus ojos.

  —?A dónde vas Juan? —Preguntó Diego sollozando.

  —Iré a buscar a Eugenio afuera. —Respondió él con la voz entrecortada.

  Diego miró el fondo del túnel por última vez antes de seguir a Juan en silencio. El aire del exterior apestaba a sangre y a saliva de perro, mezclada con los olores corporales de muchos roedores, entre los cuales uno correspondía al de Eugenio. Juan y Diego usaron sus narices para guiarse, acercándose peligrosamente a la calle sin salida donde aún se libraba la dura batalla entre los tercios viejos y los perros.

  Al ocultarse entre la basura, se toparon accidentalmente con el cadáver de una ratona, cuya cara había sido triturada por los dientes de uno de los perros. Juan luchó contra sí mismo para contener las arcadas que sintió al ver el cuerpo destrozado de aquella pobre cristiana cubierto de saliva de perro. Enfocándose en seguir en su búsqueda mientras intentaba alejarse lo más posible del perro que se estaba revolcando violentamente en el piso para zafarse de los roedores que le estaban atacando con furia.

  Juan y Diego se congelaron al instante cuando escucharon la estrepitosa caída de aquella bestia, que acabó muerta sobre un charco de su propia sangre. Ninguno de los dos podía creer lo que había sucedido, pero aún quedaban dos perros bravos con vida y debían encontrar a Eugenio lo antes posible.

  —?Mira por allá, Juan! — Gritó Diego se?alando hacia alguien que estaba inconsciente a un metro y medio de ellos.

  Ambos reconocieron de inmediato las ropas de Eugenio, de inmediato corrieron hacia él para socorrerlo.

  —?Eugenio, Eugenio! — Gritaron Juan y Diego desesperados.

  Eugenio no respondió. Lo que quedaba de él era un cadáver que Juan y Diego miraron horrorizados al notar que tenía el cuello fracturado. El repentino dolor en el pecho que sintió Diego al ver a su amigo muerto le hizo caer de rodillas, con los hombros hacia adelante y la espalda encorvada. El sentimiento de culpa que sintió en aquel momento fue tan grande que tuvo que esconder su rostro entre las manos para no confrontar lo que tenía delante, mientras lloraba por Eugenio. Paralelamente, Juan se acercó al cuerpo del que fue su mejor amigo arrastrando los pies y conteniendo el llanto por muy poco tiempo, hasta que pudo arrodillarse junto al rostro de su amigo para cerrarles los ojos para siempre con un suave toque de sus manos.

  Juan sacó fuerzas de donde no tenía para volver a ponerse de pie. No podía dejar a Eugenio tirado en ese basurero a merced de los gatos callejeros; y como pudo, alzó el cadáver por los hombros y se lo echó a la espalda para poder llevarlo con su familia. Ignorando completamente los sollozos de Diego, quien se vio obligado a levantarse del suelo para seguir a Juan en silencio y sin ofrecer ayuda alguna, ya que el peso de su propia vergüenza le impedía acercarse a Juan o tocar el cadáver de Eugenio.

  Ambos roedores se detuvieron cuando escucharon unos gritos de celebración: Los tercios viejos habían ganado la batalla, matando a un segundo perro y haciendo huir al tercero, que salió corriendo con varias heridas abiertas hacia rumbo desconocido. Sin embargo, la alegría por la victoria fue interrumpida por los gritos de una rata negra que estaba de pie sobre el cadáver del primer perro, alzando con orgullo la oreja que le había cortado al can con la ayuda de una espada ropera.

  —?Os equivocáis, malditos farfantes! — Gritó la rata negra cuyo uniforme de alguacil estaba completamente cubierto de sangre de perro—?Los tercios viejos sólo lograron acabar con la vida de una sola bestia, la de Hueso; dejando escapar a la otra bestia con vida!?El mérito, la gloria y la recompensa por haber matado al infame Palo nos pertenece a nosotros, los honorables alguaciles de la calle Cava!?Tengo a Dios y a esos dos ratones por testigos! — Gritó el alguacil se?alando a Juan y a Diego.

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