El pasaje siguiente no tenía entrada ni salida.
Era un corredor sin paredes,
hecho solo de un brillo tenue
que no iluminaba nada.
El Camino había dejado de imitar el mundo.
Ahora imitaba algo más íntimo:
la forma en que la mente se queda en blanco
cuando ya no sabe dónde apoyarse.
Syra avanzó sin sonido.
No había eco.
No había viento.
No había temperatura.
Solo un vacío suspendido
que permitía moverse
pero no .
El aire tenía la textura
de una respiración contenida.
Como si el espacio entero
esperara
que Syra dijera algo
que él nunca antes había querido pronunciar.
A mitad del corredor,
el brillo cambió de color.
Pasó de pálido
a un tenue gris azulado,
y luego a un blanco demasiado limpio,
demasiado estéril.
Un recuerdo sin due?o.
Frente a Syra,
un hilo de luz descendió
desde un punto invisible en el vacío.
El hilo se movió como una gota suspendida,
y al tocar el suelo,
se expandió en forma de círculo.
Dentro del círculo,
una figura apareció.
Peque?a.
Sentada.
Las manos sobre las rodillas.
Los hombros encogidos
como si estuviera esperando un grito
que no llegaba.
Syra no supo si dar un paso o quedarse quieto.
El silencio parecía frágil.
Como si romperlo demasiado pronto
fuera un acto cruel.
La figura levantó la cabeza.
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Era un ni?o.
No uno que Syra recordara.
No uno que perteneciera al pasado de este mundo.
Pero tampoco era un extra?o.
Sus ojos estaban vacíos
de un modo que dolía mirar.
No apagados.
Vacíos.
Syra inhaló lento.
El ni?o parpadeó
y abrió la boca.
La voz salió rota,
como si hubiera sido usada demasiado:
—?…cómo… me llamo…?
Syra sintió un nudo recorrerle la columna.
El aire se volvió espeso,
pesado,
como si el Camino quisiera ver
cómo reaccionaría ante esa pregunta.
El ni?o repitió,
esta vez temblando:
—No… lo… recuerdo…
El silencio que siguió
fue peor que cualquier miedo.
Porque no era terror.
Era pérdida.
Un tipo de pérdida
que no venía del dolor,
sino del vacío
Syra dio un paso.
El ni?o retrocedió de inmediato,
como si temiera ser castigado
por la sola idea de existir sin nombre.
Syra habló,
muy bajo:
—No tienes que recordarlo.
El ni?o tragó saliva,
como si esa frase
fuera un idioma que no entendía.
Syra continuó:
—No estás aquí para eso.
El ni?o tembló.
Sus dedos se cerraron con fuerza
sobre sus rodillas huesudas.
—Si no tengo nombre…
?cómo saben que… existo?
En esa pregunta
no había lógica infantil.
Había la conclusión
a la que solo llegan
los que crecieron pidiendo permiso
para ocupar espacio.
Syra se arrodilló frente a él,
sin tocarlo.
—Porque estás respirando —dijo.
El ni?o lo miró
como si esa respuesta
rompiera una ley antigua.
El espacio se estremeció.
Una grieta de luz
corrió por el círculo en el suelo,
pero no era amenaza.
Era el Camino escuchando.
El ni?o levantó una mano.
No para pedir ayuda.
No para tocar.
Solo para existir.
Syra no tomó esa mano.
La dejó allí, suspendida.
Y dijo:
—Un nombre… no te sostiene.
Tú sostienes al nombre.
El vacío tembló.
El ni?o cerró los ojos,
como si esa verdad
lo abrigara desde dentro.
Y entonces, lentamente,
la figura comenzó a deshacerse
en peque?os fragmentos de luz,
no como un espíritu que se va,
sino como alguien
que por fin puede descansar.
Antes de desaparecer del todo,
el ni?o abrió los labios
una última vez:
—Gracias… por no darme uno.
Syra bajó la cabeza.
El círculo se apagó.
El pasaje se extendió hacia delante,
esta vez con una claridad fría.
No había recompensa.
No había alivio.
Solo un recordatorio silencioso:
La identidad no empieza con un nombre.
Empieza con lo que uno decide no cargar.
Syra avanzó.
La siguiente prueba lo esperaba.

