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UN HÉROE Y UN EXPERIMENTO

  La plaza quedó en silencio cuando Valentis Drael alzó la mano.

  No fue un gesto brusco.

  Fue preciso. Medido.

  Como si el mundo mismo esperara su se?al.

  Las lanzas se alinearon.

  Los arqueros tensaron cuerdas.

  El círculo se cerró un poco más.

  El viento cruzó la plaza abierta de Iteria y levantó polvo entre los tres.

  Valentis dio un paso al frente.

  Su armadura no brillaba; estaba opaca, práctica. Sin adornos innecesarios. Sus ojos, en cambio, eran afilados. Calculaban.

  —Asmodel.

  No gritó. No hizo falta.

  El nombre cayó con reconocimiento. Con historia.

  Luego miró a los otros dos.

  —No vengo por ustedes.

  Un murmullo leve recorrió a los soldados. No entendían del todo, pero obedecían.

  —Joven —dijo, clavando la mirada en Zaharut—. Y tú… —sus ojos se movieron hacia Ada—. No están en mi lista.

  Silencio.

  Zaharut sintió la presión en el aire, como si algo invisible apretara el pecho.

  Ada sostuvo la mirada del comandante sin retroceder.

  Valentis bajó ligeramente la mano, aunque aún no daba la orden.

  —Entréguenlo.

  Simple.

  Frío.

  —Y podrán irse.

  Las palabras parecían razonables. Casi generosas.

  —No tienen cargos pendientes con Altevia. No han traicionado órdenes. No han abandonado juramentos. No han vendido información estratégica al enemigo.

  Pausa.

  Sus ojos volvieron a Asmodel.

  —él sí.

  El viento volvió a soplar.

  Asmodel no levantó la vista.

  Valentis continuó, con una calma quirúrgica.

  —?Saben quién es el hombre al que protegen?

  Ada frunció el ce?o.

  Zaharut permaneció inmóvil.

  —No es un mercenario común. No es un viajero errante. Fue oficial. Fue estratega. Fue alguien en quien se confiaba.

  La palabra siguiente cayó como un martillo.

  —Fue un traidor.

  El término no se alzó. No se gritó.

  Pero atravesó la plaza.

  Traidor.

  Resonó en la piedra.

  Resonó en la piel.

  Asmodel cerró los ojos apenas un segundo.

  No protestó.

  No negó.

  Ada miró de reojo a Asmodel.

  —?Es cierto?

  No lo dijo en voz alta.

  Pero su expresión lo gritaba.

  Zaharut sintió algo distinto a la rabia esta vez.

  Confusión.

  Valentis lo notó.

  Claro que lo notó.

  —Los usará hasta que le estorben —continuó el comandante—. Lo hizo antes.

  Asmodel apretó los pu?os.

  Valentis dio otro paso.

  —Abandonó su puesto en plena operación. Información clasificada desapareció. Hombres murieron.

  Un silencio más pesado que el anterior.

  —Y cuando se le pidió responder… huyó.

  La palabra quedó flotando.

  Huyó.

  Ada sintió un golpe interno.

  Miró a Asmodel directamente.

  —?Huiste?

  Asmodel levantó la cabeza por fin.

  Sus ojos no tenían desafío.

  Tenían algo peor.

  Culpa.

  —No es tan simple.

  Valentis ladeó apenas el rostro.

  —Siempre lo dicen.

  Los soldados ajustaron su formación.

  El cerco se cerró un paso más.

  —Piénsenlo —dijo Valentis, ahora mirando a ambos—. Entreguen al traidor. Márchense libres. No los perseguiré. No habrá registros. No habrá recompensas por sus cabezas.

  Sus palabras eran razonables.

  Demasiado razonables.

  —?Por qué cargar con su condena?

  Ada tragó saliva.

  Zaharut sintió el peso de la decisión desplazándose hacia él sin que nadie lo dijera.

  Asmodel dio medio paso atrás.

  No para huir.

  Para alejarse de ellos.

  —No tienen que quedarse —murmuró.

  Eso dolió más que cualquier acusación.

  Valentis observó ese gesto.

  Lo esperaba.

  —Ven —dijo, extendiendo ligeramente la mano hacia Asmodel—. Termina esto como debiste hacerlo hace a?os.

  Traidor.

  La palabra volvió a girar en el aire.

  Zaharut miró a Asmodel.

  Recordó el viaje.

  Recordó las conversaciones.

  Recordó las veces que se interpuso sin dudar.

  Pero también recordó que nunca habló de su pasado.

  Nunca explicó nada.

  Ada dio un paso hacia Zaharut, apenas perceptible.

  No era miedo.

  Era duda.

  Valentis alzó la mano de nuevo.

  Esta vez más alto.

  —Es la última oportunidad.

  El viento cesó.

  La plaza entera parecía contener la respiración.

  —Entréguenlo…

  La tensión era tan espesa que casi se podía cortar.

  —…o serán considerados cómplices.

  Los arqueros apuntaron directamente al pecho de Zaharut.

  A la garganta de Ada.

  A la cabeza de Asmodel.

  Valentis no apartó la mirada.

  Esperaba.

  No a un soldado.

  No a un disparo.

  Esperaba una decisión

  El caos en la plaza de Iteria estalló con el sonido metálico de mil hojas desenvainándose al mismo tiempo. Pero el primer estruendo real fue el grito de Asmodel.

  —?Mentiroso hijo de perra! —rugió el ladrón, perdiendo toda su compostura habitual.

  Se lanzó contra Valentis Drael como un rayo de acero rojo. El choque de sus espadas liberó una chispa violenta que iluminó el rostro impasible del comandante. Valentis recibió el impacto con una elegancia aterradora; no retrocedió ni un milímetro. Asmodel giró sobre su propio eje, buscando un tajo bajo a los tendones del cazador, pero Valentis bloqueó con el guardamano de su espada y respondió con un rodillazo directo al estómago de Asmodel. El aire escapó de los pulmones del ladrón con un ugh sordo, pero antes de caer, lanzó una estocada ascendente que obligó a Valentis a dar un paso atrás por primera vez. Las hojas cantaban, un clink-clink-clink frenético de cortes y paradas que parecía una danza de muerte perfectamente coreografiada.

  A unos metros, el cielo se oscureció con una lluvia de flechas.

  —?Atrás! —gritó Ada, golpeando el suelo con la base de su báculo.

  Un domo de energía traslúcida se expandió sobre ellos con un zumbido eléctrico. Las flechas golpearon la barrera, rompiéndose en astillas antes de caer al suelo. Bajo la protección del escudo, Zaharut apretó la empu?adura de la espada de Igor hasta que sus nudillos blanquearon.

  —?Ve! —le ordenó Ada, mientras sus manos ya tejían una ráfaga de viento helado que lanzó a tres soldados por los aires, desarmándolos sin romperles la piel.

  Zaharut saltó fuera del escudo. Cuatro soldados se abalanzaron sobre él al unísono. El muchacho se agachó, dejando que una lanza pasara rozando su capucha, y usó el pomo de su espada para golpear la mandíbula del primer atacante. ?Crac! Zaharut giró, bloqueando dos espadas con un solo movimiento de fuerza bruta, y con un empujón de hombro desplazó la formación enemiga.

  Pero por dentro, el Desequilibrio ara?aba las paredes de su conciencia. ?Mátalos, Zaharut. Son demasiados. Siente el peso de su carne. Siente lo fácil que sería hundir el acero en sus cuellos?.

  Zaharut luchaba contra su brazo, que vibraba con un hambre antinatural. Cada vez que bloqueaba, sentía la tentación de girar la mu?eca y degollar. Se obligaba a usar solo golpes planos, a patear escudos, a ser un muro en lugar de una guada?a. Sin embargo, el grupo estaba perdiendo terreno. Los soldados de Altevia se cerraban como una tenaza.

  Valentis, mientras intercambiaba golpes brutales con Asmodel, dio una orden silenciosa con la mano. Un soldado raso aprovechó una apertura en la defensa de Zaharut y lanzó un tajo desesperado. El acero mordió el antebrazo del chico.

  La sangre caliente brotó, manchando la manga de su túnica.

  El mundo se volvió rojo de inmediato. El sonido de la plaza desapareció, reemplazado por un latido ensordecedor que retumbaba en sus sienes. Zaharut soltó un gru?ido gutural; su visión se estrechó hasta que solo vio las gargantas de los soldados como puntos brillantes. Su piel empezó a arder, y una sombra violeta, espesa como el humo, comenzó a brotar de la herida abierta. Zaharut se encogió sobre sí mismo, volviéndose peque?o dentro de su propia mente, dejando que la bestia tomara el mando de sus músculos. Estaba a un milímetro de estallar en una carnicería.

  —?Vengan por aquí, malditos locos!

  El grito de Joe, el comerciante encapuchado, cortó la neblina de furia como un rayo de sol. Una bomba de humo estalló a los pies de Zaharut, llenando sus pulmones de un aroma acre y terroso que lo hizo toser, rompiendo su concentración en el Desequilibrio.

  Zaharut parpadeó, el violeta de sus ojos retrocediendo justo a tiempo para ver la mano enguantada de Joe se?alando un pasadizo oscuro entre dos edificios.

  —?Ahora o nunca! —rugió Asmodel, dándole una patada de despedida al escudo de Valentis y retrocediendo hacia ellos.

  Zaharut, aún temblando por el esfuerzo de no haberse convertido en un monstruo, envainó su espada con manos torpes y echó a correr, siguiendo la capa andrajosa de Joe hacia las entra?as de la ciudad, dejando atrás el sonido del acero y la mirada gélida de Valentis Drael, que los observaba desde el centro de la plaza con la paciencia de quien sabe que la cacería solo ha subido de nivel.

  El bosque los tragó antes de ofrecer refugio.

  Caminaron hasta que el ruido de la ciudad desapareció por completo. Hasta que solo quedaron ramas quebrándose bajo sus botas y el latido aún desbocado en los oídos.

  Joel fue el primero en detenerse.

  —Aquí.

  Un claro peque?o, oculto entre raíces gruesas y rocas cubiertas de musgo. No era cómodo, pero era invisible.

  Asmodel apoyó la espalda contra un árbol. Respiraba con dificultad, aunque intentaba disimularlo.

  Zaharut dio un paso hacia Joel.

  No sonreía. No era momento para eso. Pero inclinó ligeramente la cabeza.

  —Nos salvaste.

  Simple. Directo.

  Asmodel también levantó la mirada.

  —Estamos en deuda.

  Joel negó apenas.

  —No. Ya estaba saldada.

  Su voz era baja, práctica. Como si hablar de lo ocurrido fuera solo un trámite más.

  Ada no se movió.

  Observaba.

  Primero a Joel.

  Luego a Asmodel.

  Y volvió a Joel.

  —?Por qué?

  La pregunta no fue suave.

  Fue una acusación envuelta en calma.

  Joel sostuvo su mirada.

  —Porque debía hacerlo.

  —Eso no responde nada.

  El aire cambió.

  Zaharut lo notó.

  Ada dio un paso al frente.

  —Hace unos minutos, un comandante entero lo llamó traidor frente a todos. Dijo que murieron hombres. Que huyó. Que vendió información.

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  Clavó los ojos en Joel.

  —Y tú decides ayudarnos igual.

  Silencio.

  —?Por qué?

  Joel no respondió de inmediato.

  Miró a Asmodel.

  Asmodel no sostuvo la mirada.

  —No vine por él —dijo Joel finalmente—. Vine porque una vez hizo algo que me permitió seguir vivo.

  Ada frunció el ce?o.

  —?Qué hizo?

  Joel tardó un segundo más.

  —Desobedeció.

  Esa palabra quedó suspendida.

  Ada giró lentamente hacia Asmodel.

  —?Desobedeció… o traicionó?

  Zaharut intervino.

  —Ada…

  Ella levantó una mano para detenerlo.

  —No.

  Sus ojos no temblaban.

  —Quiero entender por qué casi morimos por alguien que no sabemos quién es.

  Miró a Asmodel de frente.

  —?Es verdad?

  Silencio.

  —?Murieron hombres por tu culpa?

  Asmodel respiró hondo.

  Pero no habló.

  —?Vendiste información?

  Nada.

  —?Huiste?

  El silencio fue peor que cualquier confesión.

  Zaharut sintió algo incómodo instalarse en el pecho.

  No era rabia.

  Era incertidumbre.

  Ada dio otro paso.

  —Dijiste que los asuntos viejos no importaban.

  Su voz se endureció.

  —Claro que importan.

  Se?aló hacia la ciudad invisible tras los árboles.

  —Esos hombres no vinieron a arrestarte. Vinieron a matarte.

  Miró a Zaharut.

  —Y si estaban dispuestos a matar por él… entonces lo que hizo no fue peque?o.

  Volvió a Asmodel.

  —Eres un peligro.

  Las palabras no fueron gritadas.

  Fueron dichas con claridad.

  —Podrías traicionarnos igual.

  Zaharut dio un paso adelante.

  —No lo ha hecho.

  Ada giró hacia él.

  —Aún.

  El bosque parecía escuchar.

  Joel permanecía quieto, observando como alguien que ya vivió esa discusión hace a?os.

  Ada volvió al punto central.

  —?Nos mentiste?

  Silencio.

  Asmodel bajó la mirada.

  No negó.

  No afirmó.

  Solo soportó el peso.

  —?Vas a decir algo? —preguntó ella.

  Nada.

  Sus manos estaban cerradas con tanta fuerza que los nudillos habían perdido color.

  Zaharut sintió la tensión escalar.

  —Ada, esto no es—

  —Sí es.

  Ella no apartó la vista de Asmodel.

  —No voy a caminar con alguien que puede vendernos cuando le convenga.

  Joel habló por primera vez desde el enfrentamiento directo.

  —No los venderá.

  Ada no lo miró.

  —?Cómo lo sabes?

  Joel sostuvo el silencio un segundo.

  —Porque si hubiera querido salvarse aquella vez… me habría dejado morir.

  La frase cayó como una piedra en el agua.

  Peque?a.

  Pero con ondas profundas.

  Ada respiró más fuerte.

  —Eso no explica lo que pasó con Altevia.

  —No —dijo Joel—. Eso no es mi historia para contar.

  Ada apretó la mandíbula.

  —Entonces que la cuente él.

  Los tres lo miraron.

  Asmodel levantó el rostro lentamente.

  Sus ojos no tenían desafío.

  Ni excusas.

  Solo algo que parecía cansancio antiguo.

  Abrió la boca.

  Pero ninguna palabra salió.

  Zaharut sintió el peso del momento.

  No era solo pasado.

  Era confianza.

  Era futuro.

  Ada esperó unos segundos más.

  —Eso pensé.

  Dio medio paso atrás.

  —No necesito enemigos externos si tengo uno caminando a mi lado.

  Zaharut giró hacia ella.

  —Ada.

  Pero ella ya había desviado la mirada.

  El bosque estaba en silencio absoluto.

  Asmodel cerró los ojos un instante.

  Y siguió sin decir nada.

  Joe finalmente soltó un suspiro largo. Se apoyó contra un árbol, cruzó los brazos y miró a Ada directamente.

  —No lo niego. Sé cómo es Asmodel. Puede ser tramposo. Mentiroso cuando le conviene. Egoísta la mayoría del tiempo. Pero si alguien le importa de verdad… es capaz de dejar su vida por esa persona. Lo vi. Y por eso estoy aquí hablando con vosotros en vez de haber cerrado la puerta y fingido que no os conocía.

  Hizo una pausa. El ruido lejano de los guardias aún se oía en la plaza, pero dentro del puesto todo parecía más peque?o, más quieto.

  —Fue hace cinco a?os. Un día como cualquier otro. Llevé a mi esposa, Lira, y a mi hija Cassie a un río cerca de Vellara. Era primavera. El agua brillaba como si tuviera estrellas dentro. Cassie tenía cuatro a?os. Corría descalza por la orilla, riendo, persiguiendo mariposas. Lira y yo nos sentamos en una manta, mirándola como si el mundo entero cupiera en esa ni?a. Yo me alejé un momento… solo un momento… para buscar unas moras que crecían en un árbol cercano. Las quería para ella. Cuando volví… todo se fue al diablo.

  Joe tragó saliva. Sus dedos se cerraron en pu?os sin darse cuenta.

  —Cinco hombres. Armados. Máscaras. No eran bandidos comunes; eran cazadores de reliquias. Creían que yo había robado algo que se vendía por una fortuna: el Douil, un amuleto capaz de conceder un deseo. No era verdad. Nunca lo tuve. Pero ellos no escuchaban razones. Tomaron a Lira y a Cassie como rehenes. Una daga en el cuello de mi mujer. La otra mano sujetando a mi hija por el vestido.

  Ada bajó los brazos lentamente. Zaharut sintió un nudo en el estómago.

  —Intenté hablar. Les dije que no tenía nada. Que registraran el puesto, la casa, lo que quisieran. Pero no querían escuchar. Uno de ellos… el que parecía el líder… se cansó de mis palabras. Agarró a Cassie y la lanzó al río. Un río profundo. Corriente fuerte. Una ni?a de cuatro a?os que no sabía nadar.

  La voz de Joe se quebró por primera vez.

  —Los gritos de Cassie ahogándose… aún los oigo por las noches. Lira gritaba que la salvara, que salvara a nuestra hija. Yo… yo no podía moverme. Estaba congelado. Mi mujer o mi hija. Si corría al río, mataban a Lira. Si intentaba pelear, mataban a las dos. No sabía qué hacer. Solo podía oír el agua y los gritos.

  Joe levantó la vista. Miró directamente a Asmodel.

  —Y entonces se oyó un chapuzón. Apareció él.

  Se?aló a Asmodel con un gesto de la cabeza.

  —Salió del río con Cassie en brazos. La ni?a tosía, lloraba, pero respiraba. Asmodel la dejó en la orilla y me miró como si fuera lo más normal del mundo. “?Qué pasa aquí?”, preguntó. Los asesinos le explicaron. Yo solo pude balbucear un “gracias”. él escuchó. Y cuando mencionaron el Douil… sonrió. Esa sonrisa suya que parece decir “esto va a ser divertido”.

  Asmodel soltó una risa baja, casi avergonzada.

  —Les dije que yo era el Conejo Amarillo. El ladrón que robó el Douil. Se quedaron helados. Era una leyenda para ellos. El que había robado el deseo imposible. Ordené que soltaran a Lira. Se negaron. Tres atacaron al instante.

  Joe continuó, la voz más firme ahora.

  —Asmodel desenvainó esa espada roja suya. El sol pegó en la hoja y los cegó un segundo. En ese segundo, se movió. Cortó la mano del que sujetaba a Lira. Limpio. Sin matar. Solo incapacitó. Luego me miró y dijo: “Llévatelas. Corre. Yo me encargo”.

  Joe hizo una pausa. Sus ojos brillaban un poco más de lo normal.

  —Corrí. Llevé a Lira y a Cassie lejos. Pensé que nunca más vería a Asmodel. Cinco contra uno. Nadie sobrevive a eso. Pero horas después… apareció en la puerta de mi casa. Herido. Cortes por todo el cuerpo. Un tajo profundo desde la sien hasta el cuello que le dejó una cicatriz que aún se ve. Sangrando. Apenas en pie. Pero vivo. Había ganado. Había matado a tres, herido a los otros dos hasta que huyeron… y había perdido el Douil en la pelea. Lo dejó ir. Por salvar a mi familia.

  Joe miró a Asmodel con algo que no era solo gratitud. Era respeto. Profundo. Absoluto.

  —Ese día entendí que Asmodel no era solo un ladrón. Tenía principios. Y cuando alguien le importa de verdad… es capaz de dejarlo todo. Incluso su vida.

  El silencio que siguió fue pesado, pero no incómodo. Ada bajó la mirada. Zaharut sintió un nudo en la garganta que no sabía cómo explicar.

  Joe se giró hacia la puerta trasera.

  —Ahora id. Los guardias volverán pronto. Y yo… tengo una familia que proteger. Esto equilibra la balanza. Pero no del todo. Nunca del todo.

  El grupo se perdió en las sombras del bosque, con el eco de una deuda antigua resonando en el silencio que dejaron atrás.

  Caminaron en silencio.

  Ada iba adelante, demasiado recta.

  Asmodel atrás, demasiado callado.

  La tensión entre ambos no necesitaba palabras; caminaba con ellos.

  Zaharut, en cambio, miraba el suelo.

  No por derrota.

  Por pensamiento.

  Las hojas crujían bajo sus botas. El aire olía a tierra húmeda.

  Y entonces murmuró, casi para sí mismo:

  —Se parecía.

  —?A qué? —preguntó Asmodel sin mirarlo.

  —A Beleth.

  Ada no se giró, pero el nombre flotó entre los tres.

  Zaharut continuó:

  —La forma en que se fue. Sin mirar atrás. Como si quedarse doliera más que irse.

  Silencio.

  Ada apretó un poco los dedos.

  Asmodel no dijo nada.

  Pero otra voz sí.

  Dentro.

  —Esa comparación es bastante estúpida.

  Zaharut rodó apenas los ojos.

  —Buenos días para ti también.

  —No confundas pragmatismo con maternidad —continuó la voz, seca—. Ese hombre no te cargó nueve meses ni te ense?ó a caminar.

  —No literalmente.

  —Ni metafóricamente.

  Zaharut suspiró.

  —No digo que sea igual. Solo… se sintió parecido.

  La voz guardó silencio un segundo.

  Luego:

  —Extra?as a Beleth.

  No fue burla.

  Fue constatación.

  Zaharut tragó saliva.

  —No la extra?aba antes.

  —Porque estabas ocupado sobreviviendo.

  Un golpe directo.

  Zaharut apartó una rama del camino.

  —Es extra?o.

  —?Qué cosa?

  —Pensar que la dejé atrás sin saber si volveré a verla.

  La voz dentro de él cambió levemente de tono. Menos cortante. Más firme.

  —Para alguien como tú, eso siempre iba a ser difícil.

  Zaharut alzó una ceja.

  —?“Alguien como yo”?

  —Alguien que ama demasiado rápido.

  Zaharut soltó una risa baja.

  —Eso no suena a defecto.

  —Depende de cuánto estés dispuesto a perder.

  Un silencio corto.

  Luego, la voz a?adió:

  —Pero en algo tienes razón.

  Zaharut esperó.

  —Irse sin mirar atrás es una mentira elegante. Siempre duele.

  El viento cruzó entre los árboles.

  Ada seguía adelante. Asmodel atrás.

  Zaharut en medio.

  —No sé si hice bien —murmuró.

  —No viniste al mundo para quedarte donde es cómodo.

  La voz volvió a endurecerse.

  —Eres el hijo de Lucifer.

  Las palabras no fueron grandilocuentes.

  Fueron inevitables.

  —No puedes permitirte vivir solo para lo que amas. Tienes que luchar por entender lo que eres.

  Zaharut frunció el ce?o.

  —Eso suena bastante dramático.

  —Lo es.

  —Gracias por la honestidad.

  —No soy tu amigo. Soy tu equilibrio.

  Zaharut sonrió apenas.

  —Te llamas Desequilibrio.

  —Detalles técnicos.

  Por primera vez desde que salieron del claro, el peso en el pecho de Zaharut se aflojó un poco.

  —Supongo que tienes razón.

  —Siempre la tengo.

  —Eso tampoco es cierto.

  —Es estadísticamente probable.

  Zaharut negó con la cabeza.

  —Extra?ar no me hace débil.

  —No.

  La respuesta fue inmediata.

  —Te hace humano.

  Un segundo después a?adió:

  —Lo preocupante sería que dejaras de hacerlo.

  Zaharut miró hacia adelante.

  Ada no se giraba.

  Asmodel no hablaba.

  Pero el camino seguía.

  —Entonces seguiré caminando.

  —Eso es lo único que puedes hacer.

  La voz se desvaneció, no del todo, pero lo suficiente.

  Zaharut respiró más profundo.

  Miró una última vez hacia atrás.

  El bosque ya no mostraba rastro de Joel.

  Ni de la ciudad.

  Ni del pasado inmediato.

  Solo árboles.

  Y un sendero incierto.

  Apretó el paso.

  Porque extra?ar no significaba regresar.

  Significaba avanzar con el peso correcto

  El bosque nocturno se tragó el sonido de sus botas, dejando solo el crujido de las ramas secas bajo un peso que no era físico, sino emocional.

  La adrenalina de la plaza se había evaporado, dejando en su lugar un agotamiento que les calaba hasta los huesos.

  Zaharut se detuvo cerca de un sauce llorón cuyas ramas caían como cortinas de luto. Sus hombros estaban caídos y la venda improvisada en su brazo empezaba a mancharse de nuevo.

  —Hay que parar —dijo con la voz ronca—. Durmamos aquí.

  Asmodel solo asintió con un gesto seco, dejando caer su saco al suelo con un golpe sordo. El silencio que siguió fue insoportable, cargado con el eco de las espadas y las palabras no dichas

  . Se sentaron formando un triángulo roto, lejos de la calidez que solía darles la fogata.

  Asmodel movía una piedra con la punta de su bota, evitando mirar a la maga. Finalmente, se aclaró la garganta y se giró hacia ella.

  —Ada...

  Ella ni siquiera parpadeó. Seguía limpiando una mancha de barro de su túnica con una intensidad mecánica, ignorándolo por completo, como si él fuera parte del paisaje inerte.

  —Yo... eh... lo siento, ?okay? —insistió Asmodel, rascándose la nuca con una torpeza impropia de un ladrón experto.

  Ada soltó un rechistido amargo, una exhalación de desprecio que cortó el aire. —Ajá. Como sea —respondió sin mirarlo.

  Pero algo en Asmodel se rompió. Dejó de jugar con la piedra y se puso derecho, con una seriedad que hizo que incluso Zaharut levantara la vista.

  —Escúchame. Lo digo en serio —dijo con una certeza que vibraba en el pecho

  —. Tenías razón en lo que dijiste antes. Pero... de alguna manera, les he tomado aprecio. No importa lo que pase de aquí en adelante, no los voy a traicionar. Mi palabra vale mierda para el mundo, pero aquí, ahora, es lo único que tengo.

  Ada mantuvo la barbilla en alto, su perfil recortado por la luz de la luna, manteniendo una distancia gélida. Sus dedos apretaron el lomo de su libro con fuerza. No le creía; para ella, las palabras eran solo aire moldeado por la conveniencia.

  Asmodel sintió que la sangre se le subía al rostro. La frustración estalló en él como una chispa en paja seca.

  —??QUé NO VES QUE INTENTO DISCULPARME?! ?MIERDA! —rugió, poniéndose de pie de un salto

  —. ?Tú no sabes por qué hago las cosas, mujer! ?No tienes ni idea de lo que se siente!

  Se se?aló el pecho con el pulgar, con los ojos inyectados en una rabia que nacía del dolor, no del odio.

  —?Acaso sabes lo que se siente ser usado? —su voz tembló, perdiendo el volumen pero ganando peso

  —. ?Lo que es que los demás te obliguen a ser algo que no eres? ?Que te miren y solo vean una herramienta, un medio para un fin, y no a una persona?

  El silencio que siguió fue absoluto. Asmodel esperaba un grito de vuelta, una burla o un hechizo que lo mandara a volar. Pero lo que recibió fue el quiebre de una armadura.

  Ada bajó la mirada. Su semblante, antes una máscara de mármol y soberbia, se desmoronó. Sus hombros se encogieron y una tristeza profunda, antigua y pesada, nubló sus ojos.

  —Lo sé más que nadie... —susurró ella, con una voz tan frágil que parecía que el viento se la llevaría.

  En ese momento, la maga que quería ser demonio y el ladrón que quería ser héroe se miraron de verdad por primera vez. Ya no eran cómplices de un viaje; eran dos reflejos de la misma soledad, observados por un chico que cargaba al mismísimo Infierno en sus venas.

  Ada se quedó mirando las brasas un rato largo, como si las palabras que iba a decir necesitaran permiso para salir.

  El fuego era lo único que se movía en el campamento. Asmodel estaba recostado contra un tronco, fingiendo que no escuchaba con toda su atención. Zaharut, sentado con las rodillas recogidas, la observaba en silencio. Nadie la presionó. Nadie tenía que hacerlo.

  Cuando habló, su voz salió baja, casi como si estuviera hablando para sí misma.

  —Dentro del culto… nunca fui una elegida. Nunca fui especial. Era una anomalía. Un error que respiraba.

  Hizo una pausa. Sus dedos rozaron la manilla de metal en su mu?eca, como siempre hacía cuando algo le dolía por dentro.

  —Los demás buscaban controlar demonios. Querían pactos, cadenas, poder prestado. Yo… yo insistía en convertirme en uno. No en tener uno. En serlo. Decía que quería trascender la carne mortal, que quería tiempo infinito para aprender, para entender todo lo que hay por entender. Ellos me miraban como si hubiera dicho que quería ser un dios. Pero no era ambición. Era… hambre. Hambre de no tener que morir antes de haberlo visto todo.

  Ada soltó una risa seca, sin humor.

  —Mi familia me vio como una herramienta desde que tenía memoria. No una hija. Un conducto. Una llave de sangre Vorandel para abrir puertas que ellos no se atrevían a tocar. Me ponían en el centro de los círculos de invocación, me obligaban a recitar las palabras, a sangrar en los sellos. Pero nunca me preguntaban qué sentía. Nunca me dejaron hablar de mis sue?os. Solo querían que funcionara. Si fallaba… me miraban con desprecio. Si tenía éxito… me miraban con envidia. Nunca con orgullo. Nunca como persona.

  Sus ojos se perdieron en las llamas.

  —Y entonces llegó Valkir.

  La palabra salió como un peso que cae.

  —Valkir no era un maestro. Era un demonio antiguo. Cruel. Viejo como el Abismo mismo. Veía a los humanos como material descartable: arcilla que se moldea o se rompe. Cuando oyó hablar de mí —de la ni?a que quería ser demonio en vez de controlarlos—, su curiosidad se despertó. No por fe en mí. No por creer en mi potencial. Solo por ver hasta dónde se podía romper algo antes de que dejara de ser útil.

  Ada cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su voz era más fría.

  —Me tomó como aprendiz. Rituales incompletos. Modificaciones fallidas. Me inyectaban esencia demoníaca que no estaba lista para recibir. Me abrían la piel para grabar sellos que luego se rechazaban y me quemaban desde dentro. Me obligaban a beber sangre que no era mía, a respirar humo que me hacía ver cosas que no existían. Cada vez que mi cuerpo rechazaba el cambio, cada vez que gritaba hasta quedarme sin voz, Valkir solo observaba. Tomaba notas. Como si yo fuera un experimento en una mesa de disección.

  Hizo una pausa. Sus manos temblaron ligeramente.

  —Cada fracaso reforzaba lo que ya decían de mí: experimento fallido. Anomalía. Herramienta rota. Mi familia no me defendía. El culto no me consolaba. Valkir no me consolaba. Solo decía: “Inténtalo de nuevo”. Y yo lo intentaba. Porque creía que si aguantaba lo suficiente, si me rompía lo suficiente, al final encajaría. Al final sería lo que quería ser.

  Ada levantó la vista. Primero miró a Zaharut. Luego a Asmodel. Sus ojos estaban secos, pero había algo roto en ellos.

  —No escapé por miedo. Escapé por claridad. Un día, después de un ritual que casi me mata —me dejaron tirada en el suelo, sangrando, con la piel humeando—, miré a Valkir y entendí. Allí nunca sería una heredera del Abismo. Nunca sería nada más que una herramienta rota. Un juguete para su curiosidad. Un conducto para los demás. Algo que se usa hasta que se rompe del todo.

  Su voz se endureció.

  —Juro que me convertiré en demonio. Pero no bajo sus reglas. No para servir. No para ser usada. Sino para trascender. Para tener tiempo infinito. Para aprender todo lo que hay que aprender. Para ser algo que nadie pueda romper, nadie pueda desechar, nadie pueda etiquetar como “fallido”.

  Ada respiró hondo. El aire frío le raspó la garganta.

  —Y si tengo que caminar con un hijo de Lucifer y un ladrón cínico para llegar a eso… entonces caminaré. Porque por primera vez en mi vida, no estoy sola en una mesa de disección. Estoy con gente que también ha sido rota. Y quizás… juntos… encontremos una forma de no seguir rompiéndonos.

  El silencio que siguió fue denso, pero no vacío.

  Asmodel soltó un suspiro largo

  . Zaharut no dijo nada, pero sus hombros se relajaron un poco, como si algo en él hubiera encontrado eco en las palabras de Ada

  El silencio que siguió a la confesión de Ada fue denso, cargado con el peso de los a?os que ella había pasado bajo el yugo de Valkir. La maga mantenía la mirada fija en sus propias manos, como si todavía pudiera ver en ellas las cicatrices invisibles de los rituales fallidos, las marcas de una "herramienta rota" que nunca llegó a ser lo que su maestro exigía.

  Asmodel, que hasta hace un momento hervía de rabia, se desinfló. Ver la vulnerabilidad de Ada era como mirarse en un espejo que no quería reconocer. Se sentó de nuevo, esta vez más cerca de ella, aunque respetando ese espacio vital que ella defendía como una trinchera.

  —Escucha, bruja... —comenzó Asmodel, su voz ahora despojada de sarcasmo y te?ida de una honestidad tosca—. Esos tipos del culto, Valkir y toda esa basura... buscaban un arma. Buscaban algo que pudieran controlar, algo que encajara en sus libritos de hechizos.

  Ada no respondió, pero sus dedos dejaron de apretar el lomo del libro, escuchando.

  —Te llamaron "experimento fallido" porque no te convertiste en el monstruo que ellos querían —continuó Asmodel, clavando sus ojos en los de ella con una fijeza inusual—. Pero se equivocaron. Haber sobrevivido a un demonio antiguo, haber soportado que te rompieran una y otra vez y seguir aquí, caminando hacia Abyssia por tu propia voluntad... eso ya te convierte en algo que ese culto nunca pudo entender.

  Asmodel se encogió de hombros, recuperando una pizca de su sonrisa ladeada.

  —No eres una herramienta rota, Ada. Eres alguien que fue demasiado grande para la jaula que te construyeron.

  Ada lo miró de reojo. No hubo una sonrisa, ni un agradecimiento formal, pero la tensión en sus hombros desapareció. Por primera vez en mucho tiempo, la sombra de Valkir pareció un poco menos pesada, un poco más lejana.

  Zaharut, observando desde el otro lado del fuego apagado, sintió que algo en el grupo se asentaba. Ya no eran solo tres desconocidos huyendo de la ley; eran tres náufragos que habían decidido dejar de empujarse para empezar a remar juntos.

  —Ma?ana salimos al alba —murmuró Zaharut, rompiendo el trance.

  Asmodel se recostó contra el tronco, cerrando los ojos con una paz que no había sentido en días. Ada volvió a abrir su libro, pero esta vez no leyó; simplemente se quedó mirando las llamas inexistentes, procesando las palabras del ladrón.

  En la oscuridad del bosque, el camino a Abyssia seguía siendo incierto y mortal, pero esa noche, por primera vez, el frío no calaba tanto.

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