Un toque suave y firme en el hombro me despierta y parpadeo varias veces antes de ver a Lianhua inclinada sobre mí, con su habitual expresión tranquila y una peque?a sonrisa.
“Zhāohuán Wen”, me dice suavemente. “Es el momento de levantarse. El desayuno estará listo en breve.”
“Gracias, Lianhua”, murmuro aún adormilada mientras me froto los ojos. Su ayuda para sentarme es eficiente como siempre y me acomoda en la cama antes de empezar a sacar la ropa que voy a usar.
Dejo escapar un suspiro mientras ella empieza a vestirme con movimientos rápidos y delicados. La ropa es sencilla y adecuada para una ma?ana tranquila, pero su cuidado por cada detalle hace que siempre luzca como algo especial.
Una vez lista, me sienta en mi silla y la empuja con calma por los pasillos del palacio. A medida que avanzamos, la frescura del aire matutino termina de despejarme. El olor de té y panecillos recién hechos empieza a llenar el ambiente según nos acercamos al comedor.
Al entrar, veo a mi madre ya sentada en su lugar habitual, junto con Lingxi y Xia. La peque?a parece medio dormida mientras esta acurrucada en su silla, pero levanta la cabeza de golpe al escuchar el sonido de las ruedas.
“?Wen!” exclama Xia, casi dando un salto. “?Buenos días!”
“Buenos días, Xia”, le respondo con una sonrisa.
Lianhua me acomoda junto a la mesa y se sienta a mi lado. Mi madre, impecablemente vestida como siempre, me dedica una sonrisa ligera.
“?Dormiste bien?” pregunta con su voz calma y autoritaria.
“Sí, madre. Estoy lista para el día”, le aseguro mientras tomo una taza de té que Lianhua me ofrece.
El desayuno transcurre entre charlas ligeras, pero pronto mi madre se aclara la garganta para captar mi atención.
“La ceremonia de inauguración del torneo será a media ma?ana”, me dice. “Lianhua ya sabe cómo debes vestirte. Espero que estés preparada para mantener las apariencias aun con lo poco que te interesa el acto.”
“Lo entiendo, madre”, respondo con seriedad.
Xia, que se estaba llevando un bollo a la boca, alza la vista con interés antes de decir “?Puedo ir también?”
Mi madre lanza una mirada significativa en mi dirección, dejando claro que me corresponde manejar la situación. Mi corazón se encoge un poco ya que sé lo poco seguro para seria para ella estar en ese lugar, rodeada de las personas que destruyeron a su familia y a pesar de venir con nosotros.
“Xia”, digo con cuidado. “Te voy a hacer el favor de no hacerte venir, ya que es un evento largo y aburrido.”
“?Por qué va a ser aburrido?” protesta mientras frunce el ce?o.
"Estarán periodos hablando", le explico con paciencia, aunque sin poder ocultar un dejo de resignación. "Discursos interminables de personas que se creen importantes y que intentarán parecerlo aún más, mientras que al mismo tiempo dicen cosas que solo les interesan a ellos mismos. Nada emocionante para nadie, pero que lamentablemente, es algo que estoy obligada a soportar."
“?Discursos? ?No van a pelear?” me pregunta con una mezcla de decepción y confusión por las palabras le he dicho solo para confundirla.
Mi madre interviene entonces para salvarme del embrollo. “Las peleas no comenzarán hasta bien entrada la tarde. Por la ma?ana solo habrá discursos y formalidades.”
El entusiasmo de Xia se desvanece mientras su rostro adopta una expresión de pura decepción “Oh… entonces mejor me quedo aquí jugando.”
“No te alegres tanto”, le digo con una sonrisa traviesa. “Tienes que terminar el libro que dejaste ayer y ma?ana te haré preguntas sobre él.”
Xia infla las mejillas indignada y toma un bollo, mordiéndolo con más fuerza de la necesaria. Al verla no puedo evitar reírme entre dientes antes de concentrarme de nuevo en el desayuno.
Después del desayuno, Lianhua me lleva de vuelta a mi habitación. Allí, con la ayuda de una doncella, comienza la tarea de vestirnos para el evento. Es la primera vez que llevo un atuendo tan elaborado, digno de una princesa imperial.
El vestido es una obra de arte. Seda roja con bordados dorados que representan dragones y fénix junto a unas mangas amplias y largas que apenas dejan ver mis manos. Además el traje lleva varias prendas, cada una más pesada que la anterior y un cinturón de brocado que marca mi cintura con un adorno de jade en el centro. Mi cabello, cuidadosamente peinado, está adornado con horquillas y alfileres que brillan a la luz con destellos de colores.
“Esto es peor que un disfraz”, murmuro mientras trato de moverme con dificultad.
“Es perfecto para usted, Zhāohuán Wen”, me dice Lianhua mientras ajusta la última horquilla.
Tras terminar conmigo, se viste con un traje igualmente lujoso, en tonos azules y plateados, pero que claramente le da más libertad de movimientos que a mí. Cuando la observo, elegante y majestuosa, no puedo evitar sentirme un poco diminuta.
“Llévame a la silla”, le digo cuando termina. “Al menos así estaré más cómoda con esta monstruosidad de traje.”
“No hable así, Zhāohuán Wen”, responde con tranquilidad. “Además de que no puedo. Guifei Xiang me ordenó que la lleve en brazos hoy, por lo que no podemos usar la silla.”
Refunfu?o mientras siento que mi dignidad se escapa de nuevo “?No crees que ya estoy un poco grande para que me puedas llevar con facilidad así?”
“No tanto, Zhāohuán Wen”, dice mientras me recoge con facilidad.
Cuando llegamos al punto de encuentro, mi madre todavía no está y nos toca esperar un buen rato antes de que aparezca.
Pero cuando aparece, la razón está clara. Su vestido es un espectáculo como siempre. Seda dorada bordada con motivos de peonías y grullas, símbolos de prosperidad y longevidad, junto a unas poca joyas que, aunque discretas, dejan entrever un gran gusto. Lingxi, a su lado, luce un atuendo igualmente elaborado en tonos verdes y plateados.
“?Estamos todas listas?” pregunta mi madre mientras mira a nuestro peque?o grupo.
“Sí, madre”, le respondo.
Tras mis palabras mi madre lidera nuestro peque?o grupo y salimos al patio, donde una veintena de Nei Wei ya nos espera en formación. Sus armaduras ceremoniales brillan bajo el sol, elegantes y lujosas, pero claramente funcionales. Pero además, cuando las puertas se abren, el ruido de una multitud que parece estar a las afueras del palacio inunda el aire.
Veo a mi madre acercarse a las Nei Wei e intercambiar unas palabras con la Nei Baihu. Después de su breve conversación, mi madre nos hace se?as para que nos unamos a ella junto a un peque?o carruaje que está en el centro del patio. Sin dudar, nos dirigimos hacia allí y subimos al carruaje. Una vez acomodadas, las Nei Wei se colocan en formación alrededor nuestro, listas para escoltarnos.
Tras comprobar que todo está en orden, la Nei Baihu da la orden de abrir las puertas y las Nei Wei que están de guardia obedecen sus órdenes, dejando ver la plaza al otro lado de los muros.
Tras la apertura de las puertas, y ante las miradas curiosas de la gente que esta delante de las puertas, las Nei Wei avanzan, haciendo que la multitud se aparte ante la fuerza armada que se les acerca y que parece prometer un destino muy doloroso en caso de interponerse en su camino.
Al mirar la plaza abarrotada, no puedo evitar compararlo con los conciertos y partidos de fútbol de mi viejo mundo. Pero aquí, en lugar de cámaras y teléfonos, hay miradas de respeto y curiosidad, y la fuerza palpable de las Nei Wei haciendo retroceder a la multitud como una ola.
La muchedumbre se abre a ambos lados mientras las Nei Wei avanzan implacables, marcando el camino para el carruaje con su formación. Observo por la ventana cómo las personas retroceden, algunas con gestos de respeto, otras con temor y unas pocas con una curiosidad que no se molestan en disimular. Hay gritos de queja en la distancia, pero nadie osa interponerse en nuestro camino. El ritmo del carruaje es lento, obligado por la cantidad de personas que se dirigen en la misma dirección, como si toda la ciudad hubiese decidido congregarse hoy.
“?Siempre hay tanta gente para estas ceremonias, madre?” pregunto sin apartar la mirada del bullicio exterior, sin terminar de creerme que en una cultura como está la gente deje de trabajar un día entero solo para ir a ver un torneo que en realidad no les va a afectar en lo más mínimo.
“Durante los torneos importantes, si”, me responde con un tono sereno y distante. “Aparte de los participantes, mucha gente viene para apostar, otros por curiosidad y finalmente algunos simplemente porque quieren formar parte de algo más grande.”
El carruaje dobla una esquina y se incorpora a una avenida más amplia y avanzamos por ella hasta que entramos en una zona de la ciudad en la que jamás había estado. Normalmente mis salidas se limitan a la zona comercial o a algún local cercano a la plaza principal, pero este lugar es completamente nuevo para mí.
El viaje continúa y mientras observo a través de la ventana, empiezo a captar destellos de un enorme edificio que se eleva sobre los tejados del resto de los edificios. El carruaje sigue avanzando hasta que finalmente emergemos en una amplia plaza abarrotada de personas, y el centro de esta se encuentra el edificio que había vislumbrado antes, una estructura gigantesca y majestuosa que no puedo evitar comparar con los estadios modernos de mi mundo anterior, aunque pronto me doy cuenta de que no es una comparación justa.
“?Qué es ese edificio?” pregunto, girando mi cabeza hacia mi madre.
“Es la arena de combate”, me responde. “Aquí se llevarán a cabo las peleas de selección durante los próximos meses. Es un lugar construido específicamente para duelos y enfrentamientos entre cultivadores.”
Mis pensamientos se deslizan inmediatamente hacia el Coliseo Romano, con sus gradas abarrotadas y su atmósfera de espectáculo, pero mientras observo el edificio con más detalle, la comparación empieza a desmoronarse. La arquitectura de la arena es exageradamente ornamentada, con tejadillos curvados y estatuas de lo que a estas alturas espero que sean animales mitológicos. Todo ello hace que, junto a un exceso de detalles dorados, todo el edificio sea más una afirmación de riqueza y poder que una simple estructura funcional.
El carruaje se detiene cerca de la entrada principal, pero no donde se concentra la multitud. Los guardias que nos detienen intercambian palabras con la Nei Baihu antes de se?alarnos hacia una entrada lateral. Mientras seguimos avanzando, noto que los guardias alrededor de esta entrada parecen estar rechazando a cualquiera que se acerque.
The story has been stolen; if detected on Amazon, report the violation.
Al llegar, las Nei Wei crean rápidamente un perímetro alrededor del carruaje y expulsan sin miramientos a todas las personas que están cerca. Algunos gritos de protesta llenan el aire, pero nadie es lo suficientemente valiente o suicida como para hacer nada más que quejarse.
Una vez que todo parece seguro, la Nei Baihu abre la puerta del carruaje personalmente y Lingxi es la primera en descender, ayudando a mi madre a bajar con elegancia. Lianhua sigue, sujetándome con cuidado mientras salimos. A pesar de mis refunfu?os internos sobre mi dignidad, no puedo evitar sentirme un poco agradecida por su fuerza y paciencia en estas situaciones. Una vez que todas hemos bajado, una parte de las Nei Wei forman un perímetro apretado alrededor de nosotras mientras avanzamos hacia la entrada y el resto se queda para vigilar el carruaje.
Al cruzar las puertas, el cambio de ambiente es inmediato. El corredor por el que caminamos está decorado de forma tan lujosa que raya en lo ridículo. Los paneles de madera están tallados con escenas de dragones y fénix lacadas con metales preciosos, las lámparas de papel están adornadas con detalles dorados, el techo esta adornado por constelaciones formadas por lo que supongo que son gemas y los pisos brillan como si los hubieran pulido durante días. Incluso el Pabellón del Aroma de las Nubes donde residía en el palacio imperial estaba menos adornado que este pasillo.
El pasillo nos conduce a un palco espacioso y nuevamente decorado en exceso que da al interior de la arena. Desde aquí, la vista es impresionante y el tama?o de la arena es abrumador, ya que a simple vista parece ser incluso más grande que la del Coliseo de Roma.
“Tàishǒu Wu Zhānglóng, es un honor que nos haya invitado”, escucho que dice mi madre mientras su voz, más cortante de lo habitual, interrumpe mis pensamientos. Miro hacia ella y veo que está siendo abordada por un hombre bajito y gordo, vestido con una mezcla de colores y joyas que hacen que mis ojos deseen cerrarse para no seguir viéndolo.
“El honor es mío, Guifei Xiang, por haber aceptado mi invitación”, responde a mi madre, con una voz untuosa y cargada de un tono demasiado amistoso para mi gusto, tras lo cual se vuelve para mirarme. “Supongo que esta jovencita debe ser Zhāohuán Wen.”
Mi madre asiente y me mira con seriedad mientras me dice “Saluda al Tàishǒu, Zhāohuán Wen.”
Contengo un suspiro y, reprimiendo mis ganas de escupirle a la cara por su participación en lo sucedido a la familia de Ling Xia, dibujo la mejor sonrisa de cortesía que puedo reunir y le digo con la formalidad que me han inculcado en mis clases de etiqueta mientras inclino ligeramente la cabeza “Un placer conocerle, Tàishǒu Wu Zhānglóng.”
él se ríe, aparentemente encantado mientras parece ignorarme y le dice a mi madre “Es una ni?a bien educada, sin duda. Ojalá mis propios hijos me mostraran la mitad de ese respeto.”
Mi madre le agradece sus palabras con un tono cortes y los dos se dedican a conversar en un tono ligero, pero decido ignorar su conversación de forma activa y, se?alando un sillón algo apartado que parece tener una buena vista de la arena, le digo en voz baja a Lianhua que me siente en él.
Lianhua obedece sin comentarios y me acomoda en el asiento que he se?alado. Desde aquí, me doy cuenta de que no me he equivocado y la vista de la arena es magnífica. Y solo la vista es un espectáculo en sí misma con los asientos de las gradas llenándose poco a poco, lo cual me hace sentir un poco como supongo se sentiría un emperador romano cuando asistía a los espectáculos del Coliseo.
El estadio se va llenando a medida que pasan los minutos. Las gradas, al principio salpicadas de grupos dispersos, ahora parecen un mar de colores vivos que fluctúan y ondulan con el movimiento de la multitud. Desde mi asiento privilegiado tengo una vista clara de todo el lugar y mi atención se dirige inevitablemente hacia la arquitectura de la arena. Las proporciones del edificio son impresionantes, y no puedo evitar intentar descifrar sus secretos.
Mientras observo el terreno arenoso del centro, no puedo evitar que mi mente divague hacia una idea intrigante. ?Podría este lugar tener algo similar al hipogeo del Coliseo, un sistema de trampillas y mecanismos bajo la arena que conecte con algún nivel subterráneo? La imagen de gladiadores y bestias emergiendo desde las sombras como se las imaginaban en las películas de mi mundo anterior se dibuja vívidamente en mi mente, haciéndome preguntarme sería posible algo similar aquí, y la idea de un espacio oculto bajo nuestros pies, lleno de secretos, es difícil de ignorar
Me recuesto ligeramente en el asiento centrando mi atención hacia la arena. Si tienen algo bajo la superficie, no hay se?ales evidentes. La arena parece sólida, uniforme, sin rastros de trampillas o estructuras móviles. ?Será que este mundo no tiene la misma inclinación hacia los espectáculos teatrales que mi mundo anterior? O tal vez el aumento de la fuerza que da el cultivo hace que la necesidad de mecanismos para levantar grandes pesos sea menos necesaria y por lo tanto estén más atrasados en temas de ingeniería. Un tema fascinante sobre el que pensar, pero que es mejor dejar para otro día.
Mientras estoy absorta en mis pensamientos, más personas comienzan a entrar al palco. Algunos saludan a mi madre y al Tàishǒu con cortesías exageradas, haciendo reverencias profundas y sonrisas demasiado amplias. Mi atención se desvía momentáneamente hacia ellos, y noto que entre los recién llegados hay cuatro hombres que destacan por la prominencia de sus posiciones en la zona de honor.
Sus ropajes, más ornamentados que los del resto, junto a sus actitudes confiadas, dejan claro que no son invitados cualquiera. Mi mente los clasifica rápidamente y me doy cuenta de que deben ser los líderes de las cuatro familias que perpetraron el Zhū Jiǔ Zú contra la familia de Ling Xia. Contemplo sus gestos por un momento antes de decidir que no merecen mi atención y respiro profundamente antes de regresar a mi observación de la arena y el bullicio de la multitud.
El estadio está lleno ahora y por el rabillo del ojo noto que el Tàishǒu se levanta. Miro con curiosidad cómo saca un talismán de su manga y se lo adhiere al pecho. Apenas lo hace, empieza a hablar y su voz resuena en todo el estadio, amplificada como si hablara por un micrófono. El efecto es impactante y, tras mi primera sorpresa, me hace preguntarme como de útiles son realmente los talismanes tras comprobar de primera mano que no sirven solo para el combate.
“Bienvenidos, cultivadores, dignatarios y ciudadanos”, empieza, con un tono teatral que parece ensayado. “Hoy nos reunimos para celebrar el inicio de un evento que no solo define la fuerza y el ingenio, sino que también simboliza la grandeza de nuestra ciudad y nuestra gente.”
Al principio, intento prestar atención, pero pronto me doy cuenta de que su discurso podría llamarse ‘Discurso genérico número X’. Las frases de autoengrandecimiento y referencias culturales me recuerdan demasiado a los discursos políticos de mi antiguo mundo. Solo las menciones al cultivo y al Fragmento Celestial de las Arenas lo diferencian.
Por fortuna, el Tàishǒu finalmente llega a lo importante “Este a?o, contamos con la participación de 15,963 cultivadores. Para acomodar esta cantidad, la arena se dividirá en diez secciones, permitiendo duelos simultáneos. Los combates serán eliminatorios y solo los ganadores pasarán a la siguiente ronda. Este proceso continuará hasta que queden 4,000 seleccionados, quienes recibirán su pase al Fragmento Celestial de las Arenas.”
Mis cejas se levantan ligeramente. No es de extra?ar que el torneo dure dos meses, ya que incluso el formato del torneo está dise?ado para aumentar su duración y hacer que la gente de fuera de la ciudad permanezca el máximo tiempo posible en la misma, pero el Tàishǒu continúa hablando y me centro en sus palabras.
“Una vez seleccionados los 4,000, aquellos que deseen seguir compitiendo por una mayor gloria podrán hacerlo”, continúa el Tàishǒu. “El torneo continuará con los participantes que lo decidan hasta que queden los mejores, y los tres finalistas recibirán premios y recompensas.”
Cierro los ojos un momento, intentando procesar lo que esto significa. Dos meses de combates constantes, con miles de participantes. Una maquinaria perfectamente dise?ada para exprimir al máximo tanto el entretenimiento como los bolsillos de los interesados.
Finalmente, el Tàishǒu cierra su discurso con un agradecimiento “Agradecemos especialmente la presencia de Guifei Xiang y Zhāohuán Wen, quienes honran este evento como representantes de la familia imperial.”
Miro de reojo a mi madre, quien se levanta y asiente ligeramente hacia la multitud, impecable en su compostura. Tras esperar a que mi madre se vuelva a sentar, el Tàishǒu da por inaugurado el torneo y anuncia un breve receso para preparar la arena antes de los primeros combates.
Mis ojos regresan al centro de la arena, donde entran unos asistentes que empiezan a medir y dividir el terreno con cuerdas para crear las diez secciones mencionadas. Es un proceso meticuloso, pero decepcionantemente sencillo. No hay trampillas ni mecanismos ocultos como en mis salvajes fantasías, sino simplemente un grupo de personas con cuerdas y estacas, por lo que suspiro con decepción.
Unas doncellas entran al palco cargando bandejas repletas de comida y aprovecho la pausa para pedirle a Lianhua que me consiga algo. Ella asiente y regresa con un plato sencillo pero sorprendentemente delicioso. Mientras disfruto de la comida, algo capta mi atención. Entre las gradas vendedores ambulantes se mueven ofreciendo comida a los espectadores, lo que me hace pensar que ciertos hábitos parecen ser universales, sin importar el mundo en el que uno se encuentre. Sin embargo, me queda la duda de si estos vendedores trabajan por cuenta propia o si forman parte de un plan del gobernador para obtener más ganancias del espectáculo.
Termino de comer justo cuando el gobernador realiza una discreta se?al a uno de sus asistentes. Este se retira de la sala con prisa y, pocos minutos después, la arena comienza a llenarse de participantes. La reacción del público no se hace esperar y las voces se alzan en un murmullo creciente, cargado de expectación por el inicio del espectáculo. Sin poder evitarlo, me dejo llevar por la energía del momento y experimento una mezcla de emoción y curiosidad que me hacen esperar con impaciencia el comienzo del espectáculo.
La arena del torneo se despliega ante mí como un cuadro sangriento y mortal, pero con una precisión casi coreográfica. Veinte participantes entran en la arena, todos ellos con rostros endurecidos y movimientos seguros, como piezas perfectamente calibradas de una maquinaria bélica. Los organizadores, en una mezcla de eficiencia mecánica y autoridad marcial, dividen rápidamente a los competidores en grupos de dos y los conducen a sus respectivas áreas de combate.
Cada enfrentamiento comienza con una se?al clara del árbitro, quien no parece inmutarse ante la violencia que estalla ante él. Tras la pelea, los ganadores reciben una ficha, un símbolo tangible de su victoria, mientras que los perdedores que no pueden levantarse por sí mismos son retirados de las arenas por un equipo de asistentes que llegan con camillas, actuando con rapidez y sin ceremonias para no retrasar el espectáculo.
Al principio, me enga?é pensando que este torneo sería similar a los de mi mundo anterior, tal vez con reglas deportivas claras y una atmósfera más celebratoria. Pero a medida que los combates se suceden, se hace evidente que esta imagen idealizada estaba muy lejos de la realidad. Más que un torneo deportivo, el espectáculo es un sangriento recordatorio de la brutalidad inherente a este mundo.
Compararlo con las sangrientas historias de los gladiadores del Coliseo romano, las cuales eran en su mayor parte exageradas ya que en realidad casi no había muertes reales en sus enfrentamientos, ahora parece no solo apropiado, sino inquietantemente acertado.
En cada combate, el suelo de la arena se ti?e de un carmesí que resalta incluso desde esta distancia. No hay armas simuladas ni restricciones para garantizar la seguridad de los participantes. Los golpes son reales, contundentes, y a menudo incapacitantes. Recuerdo la velocidad y la fuerza sobrehumanas que presencié en el combate entre Lianhua y el asesino, y más tarde durante el enfrentamiento entre las Nei Wei y los guardias del clan Yao. Pero esto… esto es diferente.
Aquí, los combatientes no se contienen como en el enfrentamiento de las Nei Wei o se centran en defenderme como en el caso de Lianhua. La única regla parece ser detenerse cuando uno de ellos ya no puede continuar, ya sea porque se rinde o porque el árbitro interviene tras evaluar con frialdad el estado de los luchadores y decidir que uno de ellos no puede seguir combatiendo.
Me estremezco al ver a un participante recibir un golpe directo que lo lanza varios metros atrás, aterrizando con un sonido que me hace imaginar el crujir de sus huesos. Aunque sé que mi propia fuerza ha aumentado tras templar mis músculos, un hecho que confirmé al hacer algunos experimentos, la idea de aplicar esa fuerza en un combate como este me resulta aterradora. Si en los enfrentamientos que vi antes la gente se contenía, aquí no hay lugar para la misericordia.
Miro alrededor del palco y me doy cuenta de que mis reacciones de incomodidad no son compartidas por los demás. La gente del palco, incluida mi madre, observan el espectáculo como si fuera algo cotidiano. Comentan entre ellos sobre las habilidades de los participantes, intercambian apuestas y se ríen de las estrategias fallidas. Esta normalización de la violencia me obliga a hacer de tripas corazón y seguir observando, ya que tarde o temprano tendré que acostumbrarme a esto.
El tiempo pasa, pero la brutalidad del espectáculo no disminuye. Intento obligarme a acostumbrarme al espectáculo, pero justo cuando empiezo a sentir que no puedo soportarlo más, algo extra?o ocurre.
Una sensación indefinible, un tirón en mi conciencia, me hace fijar la vista en uno de los rincones de la arena. Allí, entre los participantes, un hombre con una máscara que oculta completamente su rostro captura mi atención. Su vestimenta es idéntica a la de los demás competidores, pero lo que lleva en la mano es lo que realmente me desconcierta. Su espada, que claramente es de dise?o europeo, es una anomalía en este mundo de armas de inspiración oriental.
Entrecierro los ojos, tratando de discernir más detalles, pero la distancia me lo dificulta. Sin embargo, esa sensación de familiaridad sigue llamándome. Algo en él me resulta extra?o pero cercano, como si una parte olvidada de mi mente estuviera tratando de recordarme algo importante y repentinamente noto como este sentimiento es similar a algo que ya he sentido antes, por lo que me fijo en sus manos y tras entrever algo en lo que espero equivocarme, me vuelvo hacia Lianhua.
"Lianhua", susurro con urgencia. Mi guardaespaldas se inclina hacia mí y, tras comprobar que nadie me está prestando atención le susurro al oído. "Mira a ese hombre con la máscara. El de la espada rara. Dime si puedes ver qué lleva en la mano derecha."
Lianhua sigue la dirección de mi mirada y fija sus ojos en el hombre. Su reacción no tarda en llegar y da un leve respingo, dirigiéndome una mirada de incredulidad que rápidamente intenta ocultar. Al girarse hacia mí, le hago un gesto para que no diga nada. Después de un momento, ella simplemente asiente, confirmando mis sospechas.
Cierro los ojos por un instante llevando las manos a mi rostro mientras mi mente se llena de una única frase que retumba con ironía y frustración "?Qué demonios está haciendo ese tonto aquí?"

